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El otro Cronotropo

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Cinco minutos antes de la hora programada, le di click al enlace del Zoom para ver Cronotropo de la dramaturga chiapaneca Laura Jiménez Abud, dentro del marco de actividades del Anti Festival. A través de la pantalla, se emitió un mensaje en el cual se comunicaba que en unos minutos iniciaría la función.

Desde mi cuarto, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, escuchaba el sonido de la lluvia y de algunos rayos. Estaba contenta pese a la tormenta eléctrica. Esperaba. Hace semanas no había visto una obra teatral en Chiapas, menos aún bajo este formato que abandera el Anti Festival. La sensación y necesidad por ver un montaje fue una constante en mis últimos días de sueño. En un estado onírico, observaba a los actores y a las actrices en montaje.  Escuchaba sus diálogos. Todo desde una butaca. Después los aplausos aumentaban, hasta que, la oscuridad del escenario siempre terminaba conduciéndome a abrir los ojos, y anhelar aquella magia.

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Los foros autogestivos y el Teatro Emilio Rabasa, suspendieron la programación que tenían ante la ola de contagios por el Covid-19 que hay en el estado Sureste. Aún es necesario seguir las medidas sanitarias, pues la entidad se encuentra en semáforo rojo, con 3 mil  807 casos confirmados, y 262 fallecimientos registrados.

Pese a esto, algunas funciones presentadas anteriormente en un formato tradicional fueron programadas en el Circuito Cultural a Distancia, como parte de las actividades del Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas. Desde el Facebook, se transmitieron algunos montajes: Casquito de Joan Alexis Robles; Cronotropo de Jiménez Abud; y La Cosecha de Tomás Urtusástegui.

Cada director de los montajes mencionados, exploró la posibilidad que le permitía la cámara del dispositivo móvil: tomas abiertas, otras pensadas en un lenguaje no teatral y unas más íntimas, otorgando primeros planos, provocando e intentando que la cámara fuera un personaje más en la escena.

 

Ante la pandemia, es lo más cercano que tuve para ver un hecho escénico con este formato digital, totalmente abierto para quienes quizás nunca han asistido al teatro y deambulan entre los contenidos que se comparten en Facebook. Quizás algún nómada digital se detuvo a apreciar el contenido por unos minutos, o el tiempo que duró la transmisión en vivo. Sin embargo, pese al alcance en reproducción y los conectados, la experiencia no fue igual, en medida que apenas esta vía comienza a explorarse, y por tanto, es inevitable ver fallas en la calidad de la iluminación, del audio y del video, aspectos que se convierten en un distractor que imposibilita y resta atención. Las posibilidades teatrales quedaron posteriormente en un archivo grabado que se compartió en la red social y, aún continúan en el mundo virtual, bajo la pregunta de ¿es o no es teatro?

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Esta vez fue distinto. Asistí al llamado del Anti Festival, quise ver una obra de teatro o algo parecido a una obra de teatro mediante un soporte tecnológico. Fue un encuentro íntimo, casi de complicidad. Los y las espectadores fuimos representados por la cámara de un dispositivo móvil, desde ahí seguimos la historia de Jiménez Abud, que, anteriormente formó parte de la programación de las Muestras Estatal, Regional y Nacional de Teatro en 2018.

Cronotropo***

A primera vista, todo parecía igual a la versión del formato tradicional de Cronotropo de Laura Jiménez Abud. La misma musicalización de Guillermo Ruíz Long; la escenografía desde el espacio autogestivo de Telar Teatro: un naylon blanco cubriendo el escenario,  un refrigerador, utensilios de cocina (sartén, cuchara, cuchillo y un afilador) y una parrilla. Pedro (Carlos Ariosto Alonzo) está parado sobre un banco, lanza un grito, estira ambos brazos.

Luis (Ulises Soto) está agachado en el banco, posteriormente, se levanta, permanece de pie, con los brazos mueve el objeto de madera al ritmo y velocidad de los diálogos, como si se tratara de un objeto volador no identificado.

-Sabían que mirar al cielo, es como viajar en el tiempo, es enserio, la luz del sol tarda ocho minutos en llegar al planeta tierra. Entonces, la imagen que vemos de él, en realidad es la imagen de lo que el sol fue hace ocho minutos… Con esta frase, Pedro inicia el montaje hablando sobre las particularidades del universo. Habla del sol, para luego hablar de Luis, su eje, su propio universo.

Pedro, de una complexión rígida y seria, aparentemente mayor de edad, se enferma con las palabras, estaba obsesionado con los marcianos, soñaba con ser astronauta pero lo ataron a la tierra y, él ató al amor o lo que creía que era el amor, en una persona que intercambia cariño por unas monedas. Luis, jovial, aparentemente más dinámico y extrovertido,  remite al quehacer de la prostitución en los hombres, que, como él saben combinar los placeres con el negocio.

A medida que la escena transcurre, Pedro pregunta si quieren saber lo que realmente ocurrió: una noche que inició semanas antes… Cronotropo es una obra que inicia en presente y retrocede hasta acercarnos al momento del accidente universal. Ambos personajes, muestran los contrastes de dos personas que coinciden y dan la lectura de una relación tóxica y codependiente entre dos hombres; que en su conceptualización está lleno de matices como: control, compañía y deseo. Ofrece un subtexto de la escenificación sobre el olor del espacio, con el olor del amor, mismo que para esta ocasión lo sensorial de la propuesta digital se limita a la imagen de la carne fritada en la última escena, alejados de la posibilidad de que los espectadores sientan el aroma de Luis como ocurre en el formato tradicional.

En esta nueva intención teatral acercado a un lenguaje más visual, para la presentación al Anti Festival, los elementos del universo del montaje tradicional no fueron modificados solo la forma de cómo se presentó. La cámara del dispositivo móvil se convirtió en un personaje-espectador con dimensiones de la cámara que proyecta imágenes cerradas y horizontales, manipuladas por el director escénico Darwin Castillo, que otorga imágenes en primer plano, de manera frontal y diagonal. Con esto, el espectador y la espectadora pasó a ser un testigo del desarrollo de la dramaturgia. Traspasó los límites de las butacas y subió al proscenio, con ellos.

Sin embargo, algunas imágenes fueron minimizadas por la luz de la lámpara que caían sobre los rostros de los actores. La cual, emitían una imagen quemada o difusa. Pese a ello, lo intenteresante, es resaltar el proceso creativo de un montaje que intentó apropiarse de este nuevo lenguaje, que adaptó un producto ya establecido en un formato digital sin restarle su esencia  y corporalidad dramática.

Revista Enheduanna

 

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