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La axila rasurada

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Ese desgarro llamado madre-trabajo fuera de casa

Por: Karen Padilla

Apenas me había incorporado a mi trabajo después de una licencia, y en las primeras conversaciones con mis colegas surgía la misma pregunta ¿cómo está tú hija?. Es obvio que esas personas hacen esa pregunta de manera muy genérica y con la intención de que les conteste igual. Pero esa pregunta me remite también a que no importa lo que yo  esté haciendo, siempre pienso en eso también ¿cómo está Sonora? Para la mayoría de las madres solas lxs hijxs son una preocupación constante, y sobre todo para las que trabajamos fuera de casa, la maternidad se vive  casi siempre como un desgarro.

Tenemos que cumplir dos jornadas principalmente, pero no se le pueden llamar así, pues enunciarlas como jornadas es dividirlas en el espacio y en el tiempo, pero esa división no existe en lo emocional y en lo afectivo. Estoy delante de un teclado o haciendo una fila en el banco, pero mi hija y el cómo se encuentra está ahí todo el tiempo, la jornada de cuidados la llevo conmigo, no puedo desprenderme de ella.

Sé muy bien que a la mayoría de las madres les pasa lo mismo, desde llegar al trabajo con surcos de rímel en la cara porque has dejado a tu bebé de 40 días en la guardería, hasta ausentarte del trabajo 10 días porque le ha dado rotavirus y vivir ese periodo en medio de una tormentosa culpa y la incertidumbre de perder el trabajo. Pero lo más cotidiano es la preocupación por la falta de compatibilidad entre los horarios laborales y escolares. Sé que mientras se va acercando la salida de la escuela de lxs niñxs, se percibe un agitación en el ambiente de las oficinas, y hablo específicamente de esos espacios porque es en ellos donde es muchas veces más fácil intentar compaginar los cuidados con otras actividades, licencia que muchas mujeres nos tomamos a pesar de las cejas levantadas de nuestros jefes.

El trasporte escolar y las nanas son un gasto extra que muchas no pueden afrontar, así que no tienen más opción que ir por sus hijas a la salida de la escuela y regresar ya con ellas a la oficina a cumplir con las horas restantes pues las tarjetas no se checan solas. Entonces las madres hacen  fila en el microondas para calentar la comida, hecha con prisa la noche anterior y por unos minutos el escritorio se convierte en el comedor familiar. Pero no es un hogar, no es una casa y una oficina está hecha para que las mujeres cumplan ciertas funciones administrativas, no para que sus hijos no se aburran así que terminan ocultos durmiendo la siesta debajo del escritorio.

Esto para las que tienen hijxs en edad escolar, las que tienen lactantes deben armonizar las 8 horas de la jornada completa con largas noches de insomnio, descalcificación y cansancio crónico. Lo que nos lleva a esta triste y gastada reflexión, pues es un debate que se va haciendo viejo sin que se tomen medidas contundentes: para las mujeres pocas veces trabajar fuera de casa significa mayores expectativas de desarrollo y calidad de vida, casi siempre es lo contrario porque el mundo laboral fue diseñado para los hombres, para los padres, para esos seres que tienen en su casa a una mujer que toma toda la responsabilidad: de la  planificación, alimentación, educación y se  sacrifica teniendo que llevar al hijo de ambos a su oficina, y mientras los espacios y los horarios laborales no se flexibilicen y sean más empáticos con la realidad de las mujeres, nuestra vida seguirá siendo como hasta ahora: bastante mediocre y limitada y no precisamente por falta de esfuerzo personal. Y del techo de cristal y de la brecha salarial, hablamos otro día…

*Imagen tomada de Internet

Revista Enheduanna

 

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