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La certeza es un camino que se teje con decisión

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ENTONCES, ESCRIBO

Por Damaris Disner

No lo pienso demasiado y me siento a redactar lo que ahora escribo. En múltiples ocasiones postergo, priorizo cosas que me estresan y que son las menos importantes porque tiene que ver con el futuro y de eso no soy responsable. Cualquier actividad te puede hartar si pierdes de vista el motivo. Por ejemplo, el deseo de tener ordenadas tus cosas para no entretenerte en su búsqueda o darle prioridad a lo que te estimula a mejorar calidad de vida, relaciones, salud.

Hace tiempo compré La inteligencia fracasada, editorial Anagrama, del pedagogo y teórico español José Antonio Marina. Hice una primera lectura, tomé algunos apuntes y lo apilé. Hace poco, en la charla con un joven escritor, le recomendé el libro, prometí prestárselo, pero antes le dije que debía escribir sobre lo que me aporta.

“El gran objetivo de la inteligencia es lo que llamamos felicidad y por ello todos sus fracasos tienen que ver con la desdicha”, p.12. Dice tajante “Una estructura mental que incapacitara a una persona para disfrutar de lo bueno que tiene, no me parece inteligente. Está claro que hay circunstancias trágicas que provocan una desdicha inevitable, pero no me estoy refiriendo a eso, sino a los casos que una persona podría ser feliz y lo desdeña”, p.66.

Mientras escribo, abro al azar el libro, muestra destellos de la cotidianidad, de las relaciones de pareja o de conductas de escritores, que quisiera transcribirlos todos. Para ello, les recomiendo tenerlo de cabecera. Lo compré porque hace años, durante un diplomado de Dramaturgia, el director Raúl Quintanilla, pidió la lectura previa de La inteligencia creadora, del mismo autor. He tratado de adquirir más pero los precios de la editorial me limitan.

Aunque no recuerdo con exactitud el día, sí lo que motivó mi personalidad lánguida. Una amiga del Colegio, que me conoce desde niña, confesó que me veía cara de venir de un mortual. Hasta ese momento confirmé lo erróneo que es la percepción de nuestra imagen hacia los demás. La infancia para mí, después de los nueve años, fue caminar en un laberinto donde el menor ruido hacía que detuviera mis pasos para contarlos de manera frenética.

Por ello, la necesidad de explorar mis recuerdos mediante el sicoanálisis, las constelaciones familiares, las lecturas, la meditación. La escritura es mi confesionario. Aunque no todo sean autoconfesiones, permite agudizar la mirada interna, ya que la física se respalda en la protección de tener dioptrías para excusarme de lo que no me gusta ver.

Ilustración de Danae Albores de la Riva

Desde niña fue así, alcancé a tener más de 9 dioptrías en cada ojo. Hasta que en el año 2010, después de la muerte de mi madre, se presentó la oportunidad de operarme la vista y la recuperé al grado de no necesitar lentes. Era la oportunidad para observar lo que me causó por muchos años dolor, su enfermedad.

Por ello, insisto en la cotidiana autobservación. Antes me resistía, ahora hasta la veo en modo aventura. Intento no tomarme tan en serio. Suficiente han sido los años que me costaba habitar el presente. Tampoco es que lo haya pasado tan mal. He tenido fulgores que me invitaron a soñar, confiar, arriesgarme. Recuerdo una ocasión cuando mi padre estaba en terapia intensiva porque corría el riesgo que se le estrangulara una hernia, pidió verme. En cualquier momento lo operarían. Dijo en un susurro, por sus pocas fuerzas y para que no lo escuchara la enfermera: “tráeme una botella de agua”. Le dije que era imposible, podía mojarle los labios con agua en una borla de algodón. Me ordenó tajante: En esta vida tienes que ser atrevida, tráemela. Obvio que no le hice caso.

El año pasado viajé sola a Lima, Perú, diciéndole que estaría en la Ciudad de México, para no preocuparlo aunque mi demás familia lo sabía. Cuando se enteró  respondí estoica: “En esta vida tengo que ser atrevida, papá”. Jura no recordar que lo aprendí de él.

“Un fracaso de la inteligencia es cesar en el esfuerzo antes de tiempo. Eso es la inconstancia. ¿Cuál es la causa? Los sicólogos hablan de la dificultad para soportar el esfuerzo o para aplazar la recompensa” p.114. Ya había leído a Marina aunque no lo recordaba cuando decidí comprar mi vuelo a Perú, después de postergarlo tanto tiempo. Ah, la importancia de leer. La emotividad permea aún en el olvido involuntario.

Para Marina, la inconstancia y tozudez son igual a fracaso. La voluntad no es ni buena ni mala, dice, pero lo ideal sería que fuera inteligente para perseverar o persistir cuando sea necesario.

El ganador del Premio Alfaguara y el Nacional de Ensayo, considera que nos enfrentamos con tres problemas “No sé que hacer. Sé lo que quiero hacer, pero no sé cómo. Sé cómo, pero no me atrevo”, p.120. Afirma que elegir una meta es operación delicada de la inteligencia. Vale la pena reflexionarlo. Nos evitaríamos sufrimientos innecesarios y alcanzaríamos más seguido materializar deseos.

Lo que me recuerda que en el año 2005 vi una convocatoria para asistir al “Festival Internacional Titerías”, que se realizaría en Guanajuato. Me interesaba tomar el taller de Dramaturgia para teatro de títeres impartido por la maestra Berta Hiriart. No tenía un trabajo seguro, ni grandes ahorros, es más ni con internet propio contaba, debía bajar a un ciber cercano de mi departamento. Pero yo dije: voy a ir.

Me inscribí sin saber, en caso de ser aceptada, si podría viajar. A los tres días me entrevistaban en la librería Educal que se ubica al interior del “Centro Cultural Jaime Sabines”. Ahí, de la nada, entró un amigo de mi papá de antaño. Él vivía en Guanajuato y tenía un hotel. Detuve la entrevista un momento, me acerqué. Le conté la necesidad de vivir la experiencia del taller; no tuve que pedir nada, me dijo: Puedo darte hospedaje, hay una cocina con despensa para que te prepares lo que quieras. Yo estaré de viaje pero mis socios te atenderán muy bien. Casi brinqué de alegría.

Mi viaje a Guanajuato fue inolvidable. Me hospedé en un hotel que ahora se les denomina boutique. Todos los días uno de los socios me iba a dejar en moto al lugar donde se realizaba el festival mientras que el otro me preparaba el desayuno, comida y cena. El primer día esperaba preocupado mi llegada. Le había dicho que viajaba sola. Cuando lo vi en el área de la cocina con la cena fría y cara de preocupación solo pude decirle: encontré a otros chiapanecos que venían al festival, no conoces como son de insistentes para la fiesta. Hecho que fue cierto. Y en esa primera reunión con mis paisanos, cuando preguntaron con quién viajé, les dije que me hospedaba sola en un hotel. A la mañana siguiente me vieron llegar en motocicleta acompañada de un atractivo conductor. Era el otro socio. A ninguna de las dos partes les mentí aunque los hechos digan otra cosa.

Me lleva a reflexionar que todas las situaciones tienen diferentes rostros y depende de cómo las veas y en consecuencia: percibas. En otro momento, la anécdota de Guanajuato la hubiera contado desde la ansiedad que tuve en los últimos días, cuando mis hermanas confesaron que mi papá se había puesto delicado. Decidí retomarlo desde otra perspectiva de las frases de Marina, aplicándolo como enseñanza y decreto: sé lo que quiero hacer y me atrevo a hacerlo.

Sí, como aquella ocasión cuando mi padre me ordenó ser atrevida. La existencia tiene muchos hilos. En varios puntos convergen y se forma un nudo. Una decide si será el final o dónde podrá unirse otro nuevo que nos lleve matar al minotauro y regresar para contarlo.

Damaris Disner es escritora y periodista cultural. Imparte los talleres de escritura-terapia ˝Entonces, escribo˝ y ˝Desde el tejado de la infancia˝. Dirige, desde hace siete años, el espacio multidisciplinario independiente ˝Galería Rodolfo Disner˝. Contacto: disner03@hotmail.com.

 

Revista Enheduanna

 

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