Foto: Luis Daniel Pulido

Entonces, escribo

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Por Damaris Disner

Isla de perros, un largometraje de Wes Anderson, lo comencé a ver durante mi retorno de Lima, Perú. Tenía encima la nostalgia de la noche anterior y la despedida en la madrugada que las ganas de llorar impidieron que terminara de verla. Para distraerme, conversé por ratos con mi compañero de asiento, un profesor mexicano jubilado. Había conocido Machu Pichu y otros lugares que yo no pude visitar con su grupo de viaje.

Nunca imaginé que al llegar a casa me esperaba la noticia que a mi gata la habían atropellado, al mediodía. Hasta ese momento entendí que la sensación de muerte que me acompañó antes de mi travesía, no fue por el miedo de viajar sola o tal vez la pequeña Tita ofrendó su vida.

Los gatos siempre me han salvado. Desde niña. Moría uno e inmediatamente mi padre traía otro a casa. Era una espiral de maullidos y pelos aquella casa de teja. Recuerdo que llegué a odiar los cuadros de gran formato que hacía mi papá. Uno de ellos se descolgó encima de mi gato desnucándolo al instante. Cuando llegué del colegio la sangre aún estaba fresca. Prometí no tener más.

Foto: Luis Daniel Pulido

De adulta volví a ellos o ellas a mí. Desde hace seis años se instaló Matilda, creyó que mi carro era su cuna y se escondió en su cofre cuando tenía, a lo mucho, un mes de nacida. Mi egoísmo floreció cuando los músicos que acudían a la galería a tocar quisieron adoptarla. Me quedé con ella, sin imaginar que crecería de largo y ancho hasta volverse una gata de casi siete kilos de peso y…pelos.

Mientras Matilda crecía, comenzaron a llegar más. Talis, Diamantito y Tita, los tres compartieron la misma forma de morir. Sin duda cada ausencia fue una espina. Hace poco tuvimos una pequeña en casa para darla en adopción. En su visita ronroneaba ternura pero no quisimos desviar su camino, ahora recibimos fotos con su familia humana, juro que sus bigotes relamen felicidad.

Por eso cuando releo Gatos de Rabo Corto de Alejandra Muñoz (editorial Carruaje de Pájaros), pienso que es un libro imprescindible para quienes nos derretimos con el maullido y la lengua áspera que lame nuestras manos para después aprisionarlas con sus colmillos. Son 18 breves textos que pueden acompañarte, con tus pupilas dilatadas, en un viaje, en una tarde de lluvia o en una noche de insomnio. Comparto uno de mis preferidos:

I

Me pregunto a dónde van los pelos de gato,

posiblemente el viento los arrastra,

peregrinos se van juntando,

hasta que,

como bolas de nieve,

se hacen más grandes

y se esperan a tomar el tamaño adecuado para

                                                            (ser otro gato.

Así esta especie tiene asegurada su permanencia.

A su carismática autora, originaria de Chiapa de Corzo, la conocí en un viaje a Guatemala cuando asistimos a la Feria del Libro. Fui invitada gracias a la poeta y promotora cultural, Chary Gumeta, cuando le preguntaron por una dramaturga. Durante esa experiencia conocí a jóvenes talentosos y divertidos. A escritores guatemaltecos llenos de hospitalidad y orgullosos de su poética. No recuerdo si vi algún gato en el país vecino, aunque lo dudo, porque Aless como mejor la conocemos, plasmó tan bien su espíritu que reunió a muchos en un gran pequeño libro de cubierta rosa con la silueta de un felino a punto de dar el paso.

La foto que acompaña la edición impresa de la videocolumna es del poeta y ensayista Luis Daniel Pulido. Un gato negro lo mira asombrado desde el descansabrazos de un desvencijado sillón. Pulido es el prologuista del libro de Aless. La imagen llegó ayer por watsapp cuando me daba los buenos días. ´´Le tomé la foto a un gato. Da mello´´, fue el mensaje que le antecedía. Luis Daniel y yo nos hemos enojado innumerables veces. En las penúltimas siempre hubo un gato de por medio.

Tan misteriosos como la vida misma, los pequeños felinos desconocen los límites, tal vez por eso me apasionan tanto desde niña. Yo, que suelo tener como tema de vida establecerlos. Me han enseñado tanto de mí que no dejo de admirarlos. Aunque mi maceta guarda dos cuerpos, con orejas puntiagudas, siempre les agradeceré haberlos amado, aunque les lloré como si quisiera regar la bugambilia inexistente. Me devolvieron la infancia recordándome que vinimos a jugar y a quitarnos los interminables pelitos gatunos. La pantalla de mi computadora es testigo de lo que afirmo.

 

 

 

 

 

Revista Enheduanna

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