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Mujeres migrantes

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Pasos Ciegos*

Por: Silvia Hernández

En una conversación que tuvimos en el programa de radio En voz alta con la maestra Diana Damián, una mujer altamente comprometida con la defensa de los derechos de las mujeres migrantes y productora del documental Pasos Ciegos, nos comentaba que cada año, por la Frontera Sur, nuestra frontera, pasan más de 40 mil mujeres que vienen de diferentes países, con distintos rumbos, pero todas ellas con un anhelo común: una vida mejor a la que dejan en su tierra.

La ilusión muy pronto se contrapone con la realidad, porque lo cierto es que para muchas de ellas, resulta altamente probable que el sueño se convierta en pesadilla. Aunque coincidan en el objetivo, cada una de esas 40 mil mujeres es una historia diferente, igual de preocupante y muchas veces igual de dramática.

Las condiciones en que las mujeres migran las hace vulnerables a todo tipo de violencia, eso está ampliamente documentado, aunque nunca suficientemente comprendido.

Hay un dato que a mi parecer sintetiza la gravedad de la situación a la que las mujeres se exponen en su caminar: antes de partir consumen o se administran anticonceptivos para no quedar embarazadas en caso de ser atacadas sexualmente o incluso, en caso de verse obligadas a proporcionar favores sexuales a cambio de cierta protección.

Si están expuestas a este tipo de violencia, creo yo, están expuestas absolutamente a todo, hasta a perder la vida.

¿Por qué tiene que ser así para ellas?

Pensemos.

Lorena es de Oaxaca, hace años llegó a estudiar a Chiapas y aquí se quedó. Hoy tiene un proyecto editorial que da trabajo a varias personas. Ella, es migrante.

María es de Guatemala, vive en México desde hace seis años, su meta era llegar a los Estados Unidos en busca de nuevas oportunidades, ella venía de una situación sentimental y familiar complicada.

En su primer intento, con sus ahorros pagó unos 30 mil quetzales, la agarró migración y después de estar tres días en la cárcel, fue deportada.

En el segundo intento y 25 mil quetzales después, fue interceptada por migración al cruzar la frontera. Con una pistola puesta en la cabeza escucho su sentencia: “se terminó tu suerte, este fue tu último viaje”, le dijeron.

María reconoce que tuvo mucho miedo pero estaba dispuesta a no rendirse en su convicción de una vida diferente y así llegó al quinto intento: desgastada económica y emocionalmente, maltratada y vejada, esta vez lo más lejos que llegó fue a Tonalá, Chiapas, donde se quedó a trabajar como asistente doméstica con una familia que la aprecia y la cobija.

María nunca pudo llegar a los Estados Unidos, ahora tiene residencia permanente en México y a pesar de eso, aún le cuesta ir y venir de su país por el trato de las autoridades migratorias.

María es guatemalteca. Ella, es migrante.

Patricia es de El Salvador, vive en una casa de huéspedes en Tuxtla Gutiérrez, duerme la mayor parte del día y sólo sale de noche.

En la casa llama la atención su manera “desparpajada”, dice estar en Chiapas de manera “ilegal”, ejerce la prostitución. Ella, es migrante.

Lilia es del Distrito Federal y tiene años trabajando en Chiapas con mujeres indígenas. Ella, es migrante.

Ivón tiene 14 años y llegó a México procedente de Honduras buscando a su hermana. Entró a trabajar a un bar, como mesera, donde conoció a un hombre mayor con el que inició una relación.

Se fue a vivir con él, acaba de tener un hijo y constantemente es golpeada, cuando eso sucede sale corriendo a pedir a las vecinas que la dejen esconder mientras pasa la tormenta en su casa. Ella, es migrante.

Con estas historias, quiero invitar a que reflexionemos un poco sobre las circunstancias tan diferenciadas para unas y otras.

Si partimos de nuestra condición de humanas, ¿dónde reside entonces la razón para tan desiguales destinos?

Entiendo.

La pobreza, la falta de preparación académica, lo cual también es relativo, y claro, el hecho de que sean migrantes que vienen de otro país más pobre que el nuestro, se vuelve parte de la vulnerabilidad.

De un tiempo para acá, quienes vivimos en esta capital hemos visto la irrupción de migrantes que aparecen en los cruceros, en los lugares públicos e incluso de casa en casa, solicitando una moneda. Se identifican a sí mismos como originarios de otro país y muestran alguna credencial.

En general, ¿cuál es nuestra reacción? Si estamos en el carro casi de manera instintiva subimos los cristales, si los vemos venir apresuramos el paso o apretamos contra nosotras la bolsa o nuestras pertenencias.

Estas actitudes tienen que ver por supuesto con la criminalización de la migración, con los estereotipos que nos dicen que son delincuentes o en el caso de las mujeres, que si son de Guatemala serán para el servicio doméstico y si son de Honduras, entonces serán para el sexoservicio.

La migración es un tema de derechos humanos, de libertad, de la posibilidad de movernos de un lado para otro, de crecer, de mejorar, de buscar la felicidad en otra parte.

La invitación que nos hace Pasos Ciegos es a sensibilizarnos, a mirar desde otra perspectiva la migración.

Que la próxima vez que las y los encontremos, antes de criminalizarlos o ignorarlos, apliquemos aquello de ponernos en los zapatos de esa persona, eso seguramente ayudará.

En su definición más estricta, la palabra “compasión”, implica la percepción y comprensión del sufrimiento de otra persona.

Asumo que nos falta compasión para abordar el tema de la migración, para comprender la situación de las mujeres migrantes.

Nos falta compasión y solidaridad, no caridad.

Porque como decía Eduardo Galeano:

“A diferencia de la solidaridad,  que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba-abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder”.

*Texto leído durante la presentación del documental Pasos Ciegos.

 

Revista Enheduanna

 

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