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Acoso y violencia sexual: pan de todos los días

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Por: Alejandro Mosqueda Guadarrama*

La vida cotidiana transcurre entre relaciones laborales a veces poco gratas, quehaceres domésticos, la escuela y preocupaciones por asuntos de salud y económicos. También entre convivencias y pláticas con amistades y familiares. En el día a día, nos movemos con una serie de ideas que nos llevan a tener una subjetividad y formas de relacionarnos con el mundo y concretamente con mujeres y hombres. El rol de género está presente en cada espacio en que nos movemos.

La idea/visión que se alimenta una y otra vez en los medios de comunicación (con contados y excepcionales cuestionamientos), de que las mujeres son objetos sexuales a disposición de los hombres, está también presente cotidianamente en todos los espacios, en la cotidianeidad.

El acoso, agresión, y abuso sexual se han venido justificando con argumentos que rayan en el cinismo, en el encubrimiento y minimizan en los diferentes ámbitos, ya sea familiar, laboral e institucionales incluso. De poco o nada han sido efectivas las leyes e instituciones que abordan y atienden esta problemática social. Testimonios de victimas anotan que la pregunta recurrente, a lo largo de los diferentes momentos del proceso para consolidar la denuncia, es “¿quieres continuar? ¿O mejor llegas a un arreglo?”. Incluso le sugieren que con “una disculpa del agresor” la situación queda saldada.

El Resumen Ejecutivo de Diagnóstico sobre Violencia Sexual que realizó la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV), desde su Comité de Violencia Sexual, presentado en marzo pasado, señala “En las entrevistas realizadas, el personal de los Tribunales Superiores de Justicia reconoció que son pocos los casos de violencia sexual que son consignados y sentenciados. Sin embargo, desconocen los motivos por los que los casos “no llegan” a los Tribunales, lo que denota una falta de coordinación y comunicación entre los organismos de procuración y de impartición de justicia”.

Reporta el CEAV, que de 2010 al 2015 se registraron 2 millones 697 mil 652 delitos de violencia sexual y de 600 mil denuncias realizadas, solamente se integraron 20 mil averiguaciones: el 3.33 %. Estos datos, sin ser mal pensado, dejan ver claramente la nula importancia que se le da a la violencia sexual.

En el Ministerio Público se puede llegar a “un acuerdo”, que podría ser la simple disculpa, lo cual ha provocado que la cifra de denuncias por acoso sexual no aumente e incluso haya disminuido. Es de por si una situación complicada emprender una denuncia, desde enfrentar al acosador hasta los tiempos y actitudes de Ministerios Públicos (siempre dudando del dicho de las mujeres). Con esa “consejería” para promover un “acuerdo”, se minimiza el acto violento y finalmente no se avanza en el castigo a los acosadores. Se coloca una especie de velo, lo cual no ayuda para nada a disminuir el delito, más bien al contrario.

De acuerdo con entrevistas y encuestas realizadas por la Fundación Thomas Reuters y la encuestadora YouGov, sobre la inseguridad para las mujeres en el transporte público, la Ciudad de México está en segundo lugar, después de Bogotá, Colombia. Muy a pesar del proyecto Ciudad Segura y del programa Viajemos Seguras implementado en 2007 por el gobierno de la ciudad, en el cual están al menos 11 instituciones participando y coordinándose, se supone. En violencia sexual, es México el primer lugar a nivel mundial.

Separar en vagones a mujeres y hombres es una buena medida, pero que podría quedar en simple paliativo, ya que la separación por género no atiende el asunto de fondo. Los permanentes mensajes que mantienen y refuerzan el sexismo, la misoginia y la idea de poder masculino sobre las mujeres, a toda hora todos los días, año tras año, llenan los ojos y modelan la subjetividad de mujeres y hombres. Separar a mujeres de los hombres en el transporte público (u otro espacio), no combate las ideas masculinas que incitan a sentirse con el derecho o la posibilidad de violentar a las mujeres.

Ni las calles son seguras, ni las escuelas: en la UNAM -la máxima casa de estudios de México- se han registrado denuncias de delitos de acoso y violencia sexual, con poca acción y efectividad de las autoridades; en caso de avanzar la denuncia se llega al Tribunal Universitario en el cual se realiza una especie de juicio y dictamina. Sólo ha llegado hasta esa instancia un caso, con lamentable proceder del T.U. Está claro que no hay un protocolo oficial y se actúa en primera instancia a discreción de profesores y directores (la situación es similar en la mayoría de universidades del país). Un botón más de muestra, de cómo actúan las autoridades universitarias, es el caso de Ximena Galicia de la Universidad Iberoamericana.

Considero que la autonomía universitaria no está para cubrir con la opacidad y el silencio, estos delitos. Es de destacar los trabajos y programas impulsados por el Programa Universitario de Equidad de Género de la UNAM (PUEG), sin embargo, siguen siendo limitados para impactar sustancialmente a los sectores universitarios: alumnado, docentes, trabajadores y autoridades.

Por ser periodista y denunciar en sus redes sociales, el caso de Andrea Noel se difundió mucho. Ella sufrió una agresión sexual en el D.F. en la colonia Condesa a plena luz del día. Su denuncia pública le acarreó una serie de amenazas por varios medios y las autoridades prácticamente no hicieron nada al respecto. Optó por salir del país por su seguridad. Son varios los casos que se conocen por las redes sociales por la actitud valiente de las agredidas; sin embargo, las respuestas sexistas y misóginas no se ha hecho esperar, llegando a la agresión verbal y descalificación. El caso de violencia sexual de Yakiri Rubio es el claro ejemplo de cómo operan las leyes en México: por defenderse fue encarcelada.

Ante las acciones de acoso sexual la sociedad “mira” hacia otro lugar; en la familia parece ser uno de los temas tabú; en las pláticas de amigos o compañeros de trabajo, se minimizan; los gobiernos y autoridades de impartición de justicia -pasando por las políticas y programas de las instituciones- minimizan el problema y en el mejor de los casos proponen paliativos, otra vez, dejando prácticamente la responsabilidad en las mujeres.

Existen campañas en varios medios -incluidas las redes sociales- llamando a las mujeres a cuidarse, a defenderse; los espacios reservados “sólo para mujeres” nos dicen claramente que los hombres continuamos con la posibilidad de ser acosadores, si es que las mujeres no “se cuidan” o protegen. Instancias gubernamentales, en México, se han sumado a la campaña de ONU – Mujeres “Nosotros por ellas” la cual plantea la equidad de género: habrá que ver las acciones concretas y primeros resultados, ya que es posible que sólo se quede en un tímido intento o simple acción políticamente correcta, para que todo siga igual.

Mientras tanto, continúan los medios de comunicación reforzando los roles de género alimentando la desigualdad, promoviendo que las mujeres se asuman o aspiren a ser objetos sexuales, y a los hombres a verlas así, con el derecho de acosar y violentarlas.

El próximo 24 de abril, convocadas por colectivos, grupos feministas y ONG´s, saldrán a las calles mujeres a manifestarse contra el acoso sexual. Otra vez son las mujeres quienes levantan la voz por las desigualdades de género, ante la mirada silente de instituciones y la inmensa mayoría de hombres, que en muchos casos se sienten ofendidos y agredidos por los señalamientos que vienen desde el feminismo. Sin duda es una oportunidad para protestar contra una de las violencias que se han apoderado de nuestro país, siendo ésta -la violencia sexual- la más antigua de todas, la que afecta a un mayor número de mujeres (por el solo hecho de ser mujer) y la más solapada, invisibilizada e incluso justificada.

 

Hemos visto a miles de hombres salir a las calles a marchar, manifestándose contra otras violencias, lo que me lleva a preguntar ¿qué está detrás de su inmovilidad ante las protestas que tienen una relación directa con los privilegios asignados por el género? El silencio nos hace cómplices, me parece.

La vida cotidiana transcurre entre la violencia hacia las mujeres y los silencios sociales, particularmente de la inmensa mayoría de hombres, que discuten si es más importante el fútbol, la política, cuál es mejor película o la corrupción gubernamental.

 

*Integrante del Colectivo La Puerta Negra

 

Revista Enheduanna

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