Foto tomada del Internet.

Darle una pistola a un hombre: la psicología evolutiva de los tiroteos en masa

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Darle una pistola a un hombre: la psicología evolutiva de los tiroteos en masa

 

Por Frank T. McAndrew*

Traducido por Psic. Darío Rincón

 

Los hombres cometen más del 85 por ciento de todos los homicidios, 91 por ciento de todos los homicidios del mismo sexo y 97 por ciento de todos los homicidios del mismo sexo en los que la víctima y el asesino no están relacionados entre sí.

Estadísticas como estas aparecen cada vez que ocurre un tiroteo en masa como el que ocurrió recientemente en Orlando, Florida. Las autoridades suelen culpar a la falta de atención a la salud mental o la facilidad con la que se puede conseguir un arma de fuego en E.U. Pero estas explicaciones siempre giran alrededor de las mismas preguntas: ¿por qué siempre es un hombre detrás de estos tiroteos y por qué casi siempre es un joven? La psicología evolutiva proporciona algunas pistas.

La masculinidad precaria

Los psicólogos Joseph Vandello y Jennifer Bosson han acuñado el término “masculinidad precaria” para describir un dilema que aparentemente sólo los hombres enfrentan. En resumen, ellos argumentan que la masculinidad –como sea que la cultura de un individuo la defina– es un estatus que debe ser continuamente ganado y la valía del hombre está ligada con el ser percibido como “un hombre de verdad”. Es precaria porque puede ser perdida fácilmente –especialmente si el hombre falla para dar la talla frente a los continuos retos que la vida le arroja, ya sea pruebas de bravura física o competencia con otros hombres por respeto y estatus.

Cuando introduzco este concepto a mis estudiantes varones reconocen al instante de lo que estoy hablando. Pero cuando pregunto a las mujeres si hay un equivalente femenino frecuentemente me encuentro con miradas de desconcierto (algunas notan que la incapacidad de tener hijos podría ser una amenaza a la femineidad). Ciertamente se vuelve evidente en nuestras discusiones que la masculinidad es más precaria que la femineidad.

Las raíces de este dilema masculino residen en nuestro antepasado prehistórico. A través del reino animal el sexo que invierte lo más en la reproducción (casi siempre machos) compite con los demás por el acceso sexual a una pareja.

Históricamente los hombres poderosos siempre han disfrutado de mayor acceso sexual a las mujeres que hombres de menor estatus social y la violencia frecuentemente puede ser trazada hacia esta macabra lucha por el estatus.

El antropólogo Napoleon Chagnon pasó años estudiando a la tribu Yanomamo de Sudamerica. Descubrió que los hombres que han asesinado otros hombres adquieren significativamente más esposas que los hombres que no han matado a nadie. Y en todas las instancias el estatus de un hombre en el grupo frecuentemente dependía de que tan creíbles eran sus amenazas de violencia física. En diferentes culturas el “reto masculino por el dominio” se desenvuelve en distintas maneras. Es claramente un principio de motivación universal entre varones, con la consecución de la dominancia satisfaciendo y recompensando a aquellos que la consiguen. Como Jonathan Gottschall lo enuncia: El dominar físicamente a otro hombre es intoxicante.

Y es así como la violencia cometida contra la gente correcta en el momento correcto se volvió un ticket hacia el éxito social.

 

tiroteo

Urgencias competitivas

Por evidentes razones evolutivas los varones más  jóvenes se encuentran especialmente preocupados por el estatus y el dominio. En sociedades humanas tempranas el éxito o el fracaso competitivo a principios de la adultez determinó la posición del hombre en el grupo social por el resto de su vida. No era posible simplemente “empezar de nuevo” y unirse a otro grupo por lo que lo que pasaba durante sus años de adolescencia importaba muchísimo.

Es por ello que las competencias de alto riesgo entre varones jóvenes proveían una oportunidad para presumir las habilidades necesarias para adquirir recursos, exhibir fuerza y encontrarse con cualquier reto ante el estatus propio. Consecuentemente el comportamiento heroico e incluso imprudente fue recompensado con respeto y posición (asumiendo claro que el joven sobreviviera la peripecia).

Hoy en día la amplia difusión del deporte en nuestra cultura sin duda se desarrolló como una alternativa constructiva para lidiar con la propensión de los jóvenes a la competencia. En una arena legal de “gladiadores” los jóvenes son capaces de exhibir las mismas destrezas que habrían de convertirlos en exitosos peleadores o cazadores en tiempos ancestrales (correr, luchar, tiro, coordinación, etc).

El síndrome del joven

No es un secreto que la mayoría teme el comportamiento violento de los jóvenes más que la violencia de hombres mayores. Y hay una base sólida para ese temor. De hecho la tendencia de los jóvenes a involucrarse en comportamiento agresivo y riesgoso empujó a los psicólogos canadienses Margo Wilson y Martin Daly a darle el nombre de Síndrome del varón joven. El dúo estudió la relación entre edad, sexo y victimización por homicidio en los Estados Unidos en 1975. Encontraron que la probabilidad de que una mujer sea víctima de homicidio no cambia dramáticamente en el transcurso de su vida. El patrón para los varones es diferente. A los 10 años hombres y mujeres tienen la misma posibilidad de ser asesinados, pero para cuando los hombres entran en sus veintes se vuelve seis veces más probable que sean asesinados, porcentaje que va reduciéndose a una tasa fija por el resto de sus vidas.

La naturaleza atiza el fuego de la violencia masculina equipando a los jóvenes con los más altos niveles de testosterona necesarios para lograr que las cosas se hagan. Estudios en chimpancés (nuestro pariente primate más cercano) han mostrado que los machos de alto rango exhiben los más altos niveles de agresión y los más altos niveles de testosterona. Más aún, todos los machos adultos experimentan un aumento de estos niveles cuando están en presencia de hembras que están ovulando, lo cual está asociado sólo con niveles más altos de agresión, más que un aumento real en la actividad sexual.

Muchos estudios han mostrado que los niveles de testosterona en varones se incrementan o reducen según el individuo gana o pierde en deportes competitivos, incluso en el ajedrez. Los fanáticos de los deportes experimentan los mismos picos al verlos, lo cual ayuda a explicar la violencia y el comportamiento destructivo que puede ocurrir después de los juegos más importantes (ganen o pierdan).

Añadiendo armas a la mezcla

Así que ¿Cómo entran las armas en ésta ecuación de violencia? En 2006 fui coautor de un estudio de laboratorio sobre la respuesta de los hombres a las armas de fuego en el diario “Psychological Science” con mi colega Tim Kasser y uno de nuestros estudiantes. Demostramos que los varones que interactuaron con una pistola mostraron mayor incremento de niveles de testosterona y comportamiento más agresivo que los varones que interactuaron con el juego de mesa “Mouse trap”.

En el estudio, cada participante desmanteló ya sea una pistola o el juego de mesa, se les dieron los componentes y entonces escribieron instrucciones sobre cómo ensamblar los objetos. Entonces les dimos la oportunidad de poner salsa picante en el agua que iba a ser consumida por otra persona. Los participantes que manipularon la pistola pusieron significativamente más salsa (y eran más proclives a expresar decepción después de saber que nadie iba a tomar en realidad la mezcla.

Señales relacionadas con amenaza a menudo no desembocarán en respuestas agresivas a menos que la testosterona esté envuelta. Elliot Rodger, el perturbado estudiante de secundaria cuya violenta carnicería de 2014 en Santa Barbara, California fue predicha en un escalofriante video de Youtube, en el que claramente experimenta un “subidón” de testosterona tras comprar su primera pistola: “después que compré la pistola” –explicó- “La traje de vuelta a mi cuarto y sentí una nueva sensación de poder. ¿Quién es el macho alfa ahora, perras?”

¿Asesino en masa = perdedor de poca dominancia?

La violencia juvenil tiene más probabilidad de ser iniciada por hombres jóvenes que no inspiran respeto de otros. Frecuentemente se sentirán como rechazados, privados de lo que quieren o sienten que merecen. El psicólogo clínico británico Paul Gilbert ha desarrollado algo que él llama La teoría de la posesión de la atención social, de acuerdo con éste planteamiento competimos entre nosotros para lograr que la gente nos preste atención, cuando otros nos notan, construimos estatus. El estatus creciente que conlleva el que otros nos noten conduce a todo tipo de emociones positivas. Pero ser ignorado persistentemente por otros produce emociones mucho más obscuras, en especial envidia e ira. No es un misterio el por qué los medios suelen describir a los tiradores en masa y terroristas como solitarios o desadaptados. Nicolás Henin, francés que fue mantenido como rehén de ISIS por diez meses, describe a sus jóvenes y homicidas captores Jihadis de la siguiente manera:

“Se presentan al público como superhéroes, pero lejos de la cámara son algo patéticos en muchas maneras: niños de la calle ebrios de ideología y poder. En Francia tenemos un dicho: estúpido y malvado. Los hallo más estúpidos que malvados, lo cual no es para desestimar el potencial homicida de la estupidez”

Aparentemente, una falta de atención de los otros resulta en una carencia de estatus que resulta en una falta de acceso a mujeres que, combinado con la testosterona de un hombre joven, crea una mezcla toxica y combustible.

Quizá no exista mucho que podamos hacer para cambiar la estructura del joven varón que evolucionó a través del curso de millones de años, pero ignorar o negar su existencia no nos hace ningún favor.

 

Artículo publicado originalmente en theconversation.com, para leer la versión original visita:

http://www.theconversation.com/if-you-give-a-man-a-gun-the-evolutionary-psychology-of-mass-shootings-51782

 

*Profesor de Psicología de Cornelia H Dudley, Knox College.

Revista Enheduanna

 

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