4

Y le dije a la Luna…

Comparte:

«Siento que algo se detuvo a un punto muerto
que la embarcación que navegaba
las aguas de la incertidumbre de eternidad enamorada, se hunde;
se hunde por las tormentas que nos agobian».
Daniel F.  Memorias de un amor inconcluso

 

Valentina es una afrodescendiente que vive desde hace cinco años en los suburbios de Vagono, la ciudad de la comida rápida, después de huir de la violencia e inseguridad que había en Novi su ciudad de origen.

Habita un departamento en el tercer piso, número 201. Los últimos meses ha trabajado como empleada en la única librería de la ciudad. Su vida no pasa de lo cotidiano: una chica que se levanta cuando apenas los rayos del sol pretenden colarse por la persiana de su habitación. Todas las mañanas toma té y come galletas de frutos rojos, esas que venden en descuento todos los jueves en el supermercado de la esquina.

Viste ropa cómoda porque su trabajo no requiere tanta glamurosidad. Diariamente, al salir del trabajo toma el camión que la lleva de regreso a casa, sin olvidar que se desvía del camino para pasar a la cafetería de Denny -quien se ha convertido en su amigo en los últimos 3 años- donde recoge un buen baguette de vegetales con queso crema y un extra de miel de maple, y jugo de lima para la cena.

¡Es viernes! Y se apresura a llegar a casa, pues sabe que el chico que ha visto los últimos meses estará puntual a la cita. Lo conoció una tarde de verano en la salida de la librería, quien en las noches lluviosas de fin de semana la seduce para que sus cuerpos se consumen en un solo-latido, en un solo-suspiro.

La semana fue cansada. Después de un tiempo juntos lo que resta es esperar el amanecer antes de que él parta. Esta vez Valentina ha despertado y lo primero en lo que piensa es en su próximo cigarrillo, sabe que apresando su mano por las mañanas antes de que su presencia se convierta en nada, es la única forma de hacerle saber que estará para él siempre. Ve cómo parte tras el amanecer como un verdadero desconocido, el cual deja impregnado el aroma de su hombría sobre la cama, que le sirve de consuelo mientras espera ansiosa de nuevo el fin de semana.

Pero hoy como hace algunos días, la soledad se asoma por la ventana, saludando de manera afanosa y seductora, haciéndole saber que al final de la noche, de nuevo no hay nadie con quien compartir palabra. Ella sabe que de un tiempo a la fecha los besos de su amado se tornan diferentes, que el espacio sobre la cama parece abismal. Los tiempos no son los mismos, pues su juventud se consume tras las copas de vino y el caminar preciso de su tacón número 12, de lo que queda al vestirse para esperarlo y ser despojada por esas manos tibias y toscas que la llevan a permanecer quieta mientras los besos le quitan el aliento. 2

Ese hombre el cual en los últimos meses ha frecuentado, sabe que antepone una vida cara y tan vacía como le ofrece a ella, porque nunca dejaría aquellas comodidades a las que está acostumbrado, ni mucho menos ella podría ser parte de esa falsa posición como suele llamarle.

A pesar de que en reiteradas ocasiones, le ha hecho saber el cúmulo de emociones que su presencia le ocasiona de manera desmedida y apresurada, que aquello que comenzó como un juego bajo las sábanas, ahora son las líneas
necesarias por las que ella se desvela. No tiene ni tendrá respuesta alguna, no al menos diferente a lo que ella ya conoce.

Ha pasado los últimos días bebiendo café, su sabor le recuerda lo amargo de no poder decir que lo extraña, y lo bebe sin azúcar para ser consciente de que así es la realidad de las cosas, así de sorbos pequeños. Las líneas que escribe son puras y exactas, el reflejo perfecto de la emoción oculta; pero esta vez fue diferente, se posó desnuda durante horas frente a la ventana, encendió cigarrillos como cuetes de feria. Sabía que sus emociones estaban llegando al límite y era momento de coger esos pensamientos y beberlos antes de que la consumieran.

Y fue así que en aquel ritual de medianoche decidió olvidar ese amor de meses y seguir con su tibia vida. Al chico no le tomó por sorpresa la decisión de Valentina. Luego de algunos días, él visitó la librería en compañía de una joven de gustos llamativos a la que parecía conocer, después de escoger algunos ejemplares se acercaron al mostrador donde muy gustosos pidieron les embolsaran los libros. Valentina se acercó y saludó al hombre que en constantes noches le cantaba al oído antes de quedar dormidos.

La chica con una sonrisa sincera y radiante comentó a Valentina que buscaban el Libro de Poemas de Media Noche, que su prometido le había hablado de ello y quería conservarlo para hacer más interesante la biblioteca que ahora tendrían en su nueva casa. Valentina sonrió de una forma tan irónica, pues era el libro de poemas que ella le leía todos los viernes después de haber recorrido cada trinchera de Media Noche, mientras acariciaba los lunares de la espalda de aquel que creía amar.

Ese día después del trabajo el recorrido a casa fue diferente, bajó justo en la vinatera  y optó por escoger un buen vino y claro el baguette de vegetales con queso crema y extra de miel de maple, al llegar la noche Valentina le confesó a la luna que dejaría su intento de conquista por la paz, pues eso de los amores la fatiga. Suspiró con tanta fuerza antes de cerrar el poemario, ella sabía que en ese último suspiro se consumían esas desmedidas ganas de volverlo a ver.

 

 

Revista Enheduanna

2 Responses to Y le dije a la Luna…

  1. Ana Nancy Morales 28 julio, 2016 at 3:57 pm #

    Excelente Mariana, como te dije eres un estuche de monerías me encanta lo que escribes y como lo escribes! te deseo lo mejor del mundo y sabes que estoy contigo siempre…

    te quiere

    Anita

    • Mariana Culebro 3 agosto, 2016 at 10:07 am #

      Gracias corazona por tus buenos deseos.
      Un abrazo.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: