VOCES FEMINISTAS

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Los “martazos” que obligaron a repensar la mala palabra de “feminista”

Por: Patricia Chandomí

Hace unos días visitó Chiapas, la maestra de muchas feministas en México y quizá otras partes del mundo, Marta Lamas. Acudió invitada por la Universidad Autónoma de Chiapas y otras instituciones civiles. No pocas fueron a escucharla con altas expectativas de aprenderle algo nuevo o quizá simplemente de conocer en vivo a quien tanto han leído y quizá hasta visto en televisión. Grande fue la sorpresa al escuchar a una Marta tibia que vino a confundir con sus comentarios y a reforzar la fuerte cultura patriarcal que impera en Chiapas, manifiesta incluso, entre quienes de una u otra forma patrocinaron su presencia en esta entidad.

El primer “martazo” fue cuando justificó el hecho de que un funcionario de la Universidad llamara “mujercitas” a las asistentas, una de las presentes de inmediato pidió que se les llamara “Mujeres” y no “mujercitas”, a lo que Marta salió de paso a decir que teníamos que distinguir entre un halago y un acoso o acto que tuviera como fin mostrarnos o nombrarnos como seres menores de edad. Ha sido difícil argumentar como un “halago” cuando está en la línea delgada del acoso y del menosprecio.

El diminutivo se usa como despreciativo y al usarlo para las mujeres, es obvio que no estamos ante un comentario inocente, por que el funcionario en mención, en un auditorio mayoritariamente masculino no se hubiera referido a su público como “hombrecitos”.

El segundo “martazo” fue cuando dijo “El feminismo se convirtió en una mala palabra. Los jóvenes necesitan encontrar una nueva palabra para nombrar que todavía hay desigualdad. Podrían llamarse igualitaristas o jóvenes por la equidad, no sé, pero no hay que ponerse la etiqueta de feminista para entender la desigualdad”. ¿Será que Marta nunca se ha preguntado por qué el feminismo se convirtió en una mala palabra? ¿Será que no sabe como durante años una serie de nobles caballeros se han empeñado en hacer de ese término una mala palabra, para que las mujeres no quieran que se les relacione con ella? ¿Si decimos que el feminismo es una mala palabra, entonces estamos legitimando que también deriva en una mala causa? No en vano, el feminismo ha sido asociado a lo malo, a lo socialmente poco apetecible, a lo políticamente incorrecto, a mujeres mal humoradas, que no encuentran su lugar en el mundo, a mujeres que caen mal con sus reflexiones y cuestionamientos, a mujeres que no aceptan la norma heteropatriarcal. Para nadie es un secreto las graves tensiones que hay dentro de los movimientos feministas y de las propias feministas, lo que María Antonia García de León llama “el lado oscuro de la luna”, rivalidades, falta de solidaridad y sororidad entre compañeras, pelea por los financiamientos, por los recursos, por el estatus, incluso por los nombramientos de los espacios que se ganan.

Las críticas por las sospechas veladas de las alianzas, incluso un celo y una vigilancia de donde obtienen su sustento, qué sustento es más legítimo, pero también hemos caído en cuestionamiento lamentables de ver quién es la más feminista, la más coherente, la de mayor trayectoria, hemos caído en absurdos en creernos con la calidad moral de dar credenciales de autenticidad y de esto, como feminista, lamentablemente no he estado ajena. Y quiero compartir que de personas que califiqué de menos a más y viceversa, he aprendido que llevan un proceso donde las contradicciones no son ajenas, y como he repetido de manera insistente: ser feminista no es una vacuna contra el sistema patriarcal, que en una sola toma quedamos curadas, el feminismo se parece más a un deporte de alto rendimiento, donde cada día debemos entrenarnos para detectar formas visibles, de cómo a través de nuestros discursos y prácticas reproducimos ese sistema, que tanto anhelamos erradicar.

Quizá a eso se refería Marta cuando dijo que era una mala palabra; en cuanto a las tensiones que ha creado y porque luego las feministas, no todas claro, vemos por debajo del hombro a las que no lo son, como si el hecho de nombrarnos así transformara nuestra praxis y porque a veces caemos en prácticas como despojar de la palabra a las mujeres oprimidas; como si por nombrarnos feministas no tuviéramos un papel subordinado dentro de este sistema.

El punto aquí es que Marta nos obliga a repensar, por qué somos feministas y por qué nos gusta llamarnos así y quizá ese haya sido su aporte mayor: Lo lamentable es que los machos calados de estos rumbos entendieron mal la lección, para ellos la lectura fue “feministas pueblerinas ya vino la gran Marta Lamas a decirles que el feminismo es una mala palabra y de forma subyacente el feminismo en consecuencia es una mala lucha; regresen a su casa a lavar y a planchar y a luchar por el igualitarismo”.

Frío, susto y miedo dieron esas posturas coquetas de Marta Lamas con los machos asistentes, una especie de ellos también tienen la razón; los escuchemos y desde su posición de privilegio los tratemos de entender. Ya el feminismo tiene una explicación de cómo el patriarcado afecta a las masculinidades subalternas, pero las masculinidades hegemónicas siguen tan opresivas como hace siglos. Es obvio que el feminismo no es una lucha contra los varones; pero si es una lucha contra el machismo de las personas; hombres, mujeres y demás identificaciones de género; es difícil tratar de explicar en qué consiste el feminismo a haraganes que ni siquiera quieren leer en Wikipedia de qué va el feminismo o los feminismos.

El feminismo, lo que representa, nos ha ayudado a muchas mujeres a darnos la razón, a querernos, a enfrentar este mundo de dominio patriarcal, no significa pues una mala palabra. De momento esta generación pujante de nuevas feministas chiapanecas nos reivindicamos feministas para conmemorar la lucha de nuestras ancestras; para decir que nos enorgullece enunciarnos así; desde este sitio de lucha y contradicciones para hacerle saber a los otros que somos también seres humanos.

*Patricia Chandomí es periodista, activista, defensora de los derechos humanos de las mujeres. Doctora en Ciencias Sociales con especialidad en Género, cultura e Identidad.

Revista Enheduanna

 

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