logo-entonces-escribo

Porque encuentra poesía hasta en los supermercados*

Comparte:

¿Es mi mamá esa niña que sale a cortar flores?

Luis  Daniel Pulido

 Hemos compartido varias veces una cama, pero tal vez no de la forma como él quisiera. Las camas de hospital han sido nuestras aliadas y hasta los huracanes nos unieron, como cuando estábamos distanciados -de las pocas veces que ha sucedido, ajá- y se preocupó por si aún sobrevivía en aquella “ciudad” donde crecí y que él aún insiste en llamarla “pueblo”.

Y aunque muchas veces he deseado desaparecerlo de mi vista a lo mucho que hemos llegado es dejar de hablarnos por meses, que le dedique poemas a mi “gato muerto” (y no lo leí con albur), a decirme que soy “ex-KGB” (mientras leía en su texto que significaba ex-keguenabirria, sí, los poetas pueden ser iracundos guarros).

A bloquearme en fb para luego volverme a invitar y yo volver a rehusarme para terminar siendo nuevamente amigos feisbukeros. Antes que existiera eso de las redes sociales me bastaba ignorarlo en algún evento que coincidiéramos para ver su cara de “¿no me vas a hablar?” y sí, no le hablaba hasta que volvía a buscarme.

Y entiendo que entre Luis Daniel Pulido y yo, habita la certeza de habernos unido por la búsqueda. Él buscaba el teléfono de una chica y yo buscaba con quien compartir lecturas. En nuestro primer café hablamos sobre la posibilidad de que la amistad entre hombres y mujeres existe y fue algo así como un pacto de permanecer, siempre, de este lado de la orilla.

Pero a pesar de nuestros desatinos, que naufragan en los catorce años de conocernos, nos une la poesía, la que me escribe y la que escribe a sus cientos de mujeres que invoca. Las naranjas que a lo lejos, en la carretera, él divisaba como huevos y nos reíamos imaginando que podrían ser pero de avestruz.

Nos une doña Rosy con su sonrisa y su manera atenta de ofrecerme un vaso de limonada, un pollito que preparaba riquísimo. Las calles, que primero caminaba, y luego en mi “Matildo” íbamos al doctor atinándole a todos los baches, mientras yo apenada con su mamá por esos zangoloteos pero no eran mi culpa esos cráteres lunares del Oriente.

Doña Rosy fue la extensión de mi madre con su frágil cuerpo, sus ganas de vivir, su manera de abrazarme, por eso cuando Luis Daniel habló para decirme que había muerto, el sillón donde recibí la noticia fue la arena movediza mientras el tiempo era una gacela petrificada que aniquiló el paisaje. Entendí de pronto toda su fragilidad y la mía, porque ya no existió la tarde cuando pensaba visitarla.

Para ella siempre fue Dany. “Espera a Dany, no ha de tardar en venir” mientras veíamos películas. Ella con su camisón floreado y la mirada orgullosa por su hijo, inundaba la habitación de sus libros regados en la mesa. Me contaba de aquel perro que atropellaron cuando la siguió para tirar la basura. Me gustaba platicar con ella y creo que también a ella conmigo.

Y todo lo que fue doña Rosy incendió el bolígrafo de Luis Daniel, su libreta, sus lecturas. Leerlo es hallar las historias que tejieron juntos, las aventuras que iluminan su ojo ciego y que lo hace ver con el braille de su corazón de niño.

A mí me gusta leerlo tanto como me gustaba platicar con doña Rosy. Porque no sé nada de rock pero descubro a AC/DC, a los Rollings Stones, Led Zeppelin, entre sus líneas. Pero no sólo habla de música sino de películas, de autores, de amigos, de su padre, de sus héroes tal vez sin percatarse que él, precisamente, nos salva de ver con rutinarios ojos. Me recomienda lecturas, pelis, y aún tengo sus libros que un día le devolveré.

A él nada lo asusta, ha domado monstruos cortándoles cabellos para hacer trenzas mientras forma una palabra: Mamá. Ahí todo emana y descubro su corazón llenarse de luciérnagas. Y de pronto “todo está bien”, la frase que deseaba escuchar de niña y no es necesario que él la diga, sé que “todo está bien” cuando lo leo y acompañan sus letras mi corazón, a veces, solitario. Gracias, doña Rosy, por llenar de historias la mirada de Luis Daniel y sentenciar con su amor una vertiente de fe.

*Texto leído durante el evento ¡Qué lo sepa doña Rosy! Memorias y travesuras de su hijo Luis Daniel Pulido, el día 20 de agosto en la Galería Rodolfo Disner.

 

 

 

 

Revista Enheduanna

, ,

 

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: