LUNÁTICAS

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¿Por qué una mujer decide ser feminista?

LUNÁTICAS

Por: Valeria Valencia

Enheduanna time!

Cuando llega la noche, el bullicio de lxs hijxs termina, la cocina está limpia y los uniformes planchados, las mujeres nos conectamos con nuestra yo creadora. Es cuando tomamos, -en mi caso- el teclado (a veces la pluma y el cuaderno) y empezamos a trabajar, sí, empezamos una jornada más, la más gratificante la más llena de vida. Por siglos, las mujeres hemos tenido como cómplice a esa inmensa falda negra que es la noche para escribir, dibujar, cincelar o simplemente soñar, viendo a través de alguna rendija de nuestra casa, o desde la ventana de nuestro dormitorio, el cielo estrellado o la luna en creciente. Por ello, creo que Enheduanna, se relacionó con los astros con tanta facilidad, aun desde su condición de realeza, y se pudo conectar con ese inmenso cielo negro, Universa, Creadora, Infinita. La noche, esa diosa protectora que ilumina nuestras más grande locuras. No en vano nos han dicho ¡locas! ¡Lunáticas! a las que transgredimos el orden y creamos, mientras el resto del mundo duerme.

¿Por qué una mujer decide ser feminista?

Me lo preguntaron cierta vez. Voy a responder desde una reflexión que hice hace unos días. El ámbito laboral donde me desarrollo es prácticamente un “club de Tobi”, es decir, conformado por casi puros hombres, y cuando nos juntamos a platicar, lo hacemos para hablar sobre aquéllos que están en el poder, en su mayoría hombres.

Por donde sea que volteo a ver, en los ámbitos de poder, en el arte, en la política, en el deporte, en el gobierno, todos están dominados por hombres. En los propios medios de comunicación, la mayoría de quienes reportean las noticias son hombres mientras que los que generan opinión son 99% hombres; las mujeres seguimos siendo fuente de noticia sólo si estamos muertas, si somos ricas e influyentes o aparecemos en poca ropa.

Cuando leo periódicos, revistas, libros, están escritos en un idioma – el castellano- que todo lo nombra en masculino. Desde el lenguaje cotidiano hasta la Historia Universal, la Filosofía, y todo lo demás que ha influido en el pensamiento humano, está hecho y escrito por hombres.

Después de este vistazo rápido que daba a mi alrededor, me preguntaba: ¿dónde hemos estado las mujeres todos estos años y estos siglos? y la respuesta es inevitable: hemos estado en casa pariendo, criando hijas, hijos, fregando pisos, lavando pantalones, truzas y pañales.

¿Es ésto malo? Considero que por un lado no. Yo soy madre y amo haber parido y criado con apego a mi hija. Pero no puedo dejar de ver que socialmente a las mujeres se nos ha confinado a ese ámbito privado -como se dice elegantemente- y hemos dejado que otros, hombres, sean los que tomen decisiones por nosotras y sobre nosotras. Sobre nuestros cuerpos, nuestra formación académica, nuestros salarios, nuestra propia maternidad. Y así por los siglos de los siglos, hemos estado BORRADAS, de la historia, de la poesía, de la política, del lenguaje, de los libros.

Pierre Bourdieu -curiosamente un hombre- da una explicación bastante clara al señalar que este mundo está organizado bajo un orden social masculino (además heterosexual, además occidental, además burgués) que se deja ver y sentir desde el momento en que se nace. Si el recién nacido es hombre se le viste de ropa azul, si es mujer, de rosa. Al niño se le cría permitiendo que brinque, salte y corra en el patio de la casa y en las calles, a la niña, se le deja claro que su espacio es dentro de la casa y sus juegos tienen que estar relacionadas con el ámbito doméstico: la comidita, a ser la mamá, por ejemplo.

Al crecer, se encuentra que hay profesiones “dedicadas” para hombres: ingeniería, arquitectura… mientras que para las mujeres, se les asigna profesiones como: enfermera, secretaria, educadora, todo relacionado con los papeles que realiza en la casa. A esto, es que llama Bourdieu la división sexual del trabajo. En el ámbito laboral, el patrón se repite: las mujeres nos encontramos con que se nos paga menos aunque tengamos la misma preparación académica que un hombre, por lo que un salario menor se explica sólo por nuestra condición genérica: es decir, por ser mujeres.

A nosotras, se nos enseña desde casa, y se refuerza en la escuela, en la iglesia y en los medios de información, a “ser de y para otros” como afirma la antropóloga feminista Marcela Lagarde, así, se entiende a la mujer sólo en relación con el OTRO: el esposo y los hijos, la mujer es sólo si tiene una pareja o si se es madre. Si no cumple con estos dos “requisitos” se sale entonces del molde que tan arraigado en eso que se llama imaginario social, que son todos aquellos preceptos, leyes sociales y culturales que rigen a una sociedad.

Por tanto… cuando una mujer se atreve a cuestionar este orden heteronormativo que ha imperado por los siglos de los siglos … ¡BOOOM! nos llaman brujas horrorosas, malnacidas, anti naturales, malas mujeres, malas madres, castradoras, matapichis y una larga lista de linduras. Porque lo lógico, lo natural, lo NORMAL es que todo sea regido por hombres, ordenado y mandado por ellos y para ellos. ¿Las mujeres? que sigan pariendo, planchando y barriendo.

Así las cosas, no me ha resultado fácil aceptar que esto siga así, por el bien no sólo de las mujeres, si no de la humanidad misma. Porque me harta el machismo (forma de pensar y actuar de hombres y mujeres que discrimina a las mujeres por su condición genérica) la misoginia y en sí, el patriarcado, que es el sistema ideológico sutil que permea en todas las relaciones sociales. Luego platicaremos de todos estos términos que comúnmente se les confunde.

Por ello, y por otras cositas más que luego ampliaré, es que yo decido ser feminista.

*Reportera, editora, docente, madre de una niña.

Revista Enheduanna

 

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