agua

Mis partes: cuerpo negado

Comparte:

Patricia Chandomí

Foto: Karina Álvarez

Uno de los más transgresores cuestionamientos feministas es nuestra sexualidad. Desde pequeñas asumimos la heterosexualidad como un destino, pocas veces nos preguntamos si realmente nos sentimos atraídas por los varones, nos gustan y ya, pero ¿realmente nos gustan? No dudo que haya mujeres auténticamente heterosexuales, pero tampoco dudo que hay mujeres que ni siquiera se han hecho esta pregunta.

La efectividad del patriarcado consiste porque a la par de que combina sanciones físicas, castigos ejemplares para las transgresoras a lo largo de la historia, como ser quemadas vivas a fuego lento, combina el dominio ideológico, la persuasión de nuestra inferioridad, discursos científicos, biológicos y hasta la Santa Biblia nos trata de convencer de nuestro lugar inferior en el mundo y son tan abyectos que lo logran. Las mujeres llegamos a convertirnos en policías de nosotras mismas, de nuestras compañeras, en vigías de nuestros comportamientos, no importa que nadie nos diga que no estamos haciendo lo correcto, de acuerdo a los valores patriarcales, nosotras nos castigamos de manera cruel cuando no cumplimos la norma patriarcal, cuando no somos lo suficientemente abnegadas, sacrificadas, silenciosas.

La culpa es un arma muy poderosa del patriarcado, las mujeres nos sentimos culpables de manera constante. En el catolicismo, se sostiene el privilegio masculino y la subordinación de las mujeres, y se recrea una identidad femenina condicionada por el rol de madre y esposa como ejemplo de moralidad.

Pero además, desde esta concepción se reproducen sentimiento de impotencia y subordinación. Así, tenemos el ideal religioso femenino reducido en un verso del Génesis:

“(…) Y Dios dijo a la mujer: Yo multiplicaré tus afanes y tu gravidez. Parirás a los hijos con dolor. Estarás sujeta al poder del varón y él te dominará”.

La culpa, el temor al pecado y al castigo, a la vigilancia y juicio de un Dios varón omnipotente son parte de la opresión de las mujeres. El temor a ser juzgadas por no acatarse al mandato divino patriarcal las hará convertirse en sus propias vigilantes de esas normas patriarcales, buenas, puras y castas. También vivirán con culpa sus intentos de librarse de la subordinación y la sujeción al varón; bajo la idea de que no fueron lo suficientemente fuertes para sacrificarse y sufrir en la tierra, para luego ganar el paraíso.

La idea del martirismo como el ideal religioso más elevado ha sometido a muchas mujeres a soportar niveles de terrorismo de género, en sus hogares. Además, bajo esa idea mítica del milagro, todo sucederá no por el esfuerzo constante, no porque se haya trabajado para lograr algo con disciplina, capacidad, análisis y planeación sino por obra del milagro divino. El futuro y la propia vida no nos pertenecen, nada podemos hacer las mujeres que sujetarnos a los designios míticos y mágicos.

También deja sin voluntad de acción a las mujeres bajo aquella máxima “que sea lo que Dios quiera” y entonces nada pasa por obra del sistema patriarcal, sino porque “Dios el todopoderoso”, así lo quiso.

 

Mis partes

Pero además, el mito religioso construyó la sexualidad femenina como una esencia del pecado,

Levítico 15:24

“Y si un hombre se acuesta con ella y su impureza menstrual lo mancha, quedará inmundo por siete días, y toda cama sobre la que él se acueste quedará inmunda.

Levítico 15:19,24

“Cuando una mujer tenga flujo, si el flujo en su cuerpo es sangre, ella permanecerá en su impureza menstrual por siete días; y cualquiera que la toque quedará inmundo hasta el atardecer.…”

La menstruación quedó satanizada, pero había algo más, la propia vulva, algo que no nos podíamos tocar, no teníamos porqué, sólo cuidar de ella como un agujero sellado; es tan fuerte el mito, que hoy por hoy, varias mujeres padecen infecciones por no lavarse bien, sobre todo cuando son vírgenes, el temor a autodesvirginarse con los dedos, el temor de autoexplorarse, aún estando casadas. ¿Cuántas mujeres se han puesto un espejo frente a su vulva? ¿Quién puede explicar qué tiene, sus sensaciones?

La vulva también ha sido asociada a su olor, olor a pescado, a camarón, algo que apesta, que no es agradable, hasta nos venden productos especiales para lavarnos la parte, cosa que no pasa con la parte masculina, y no basta con negar y despreciar su olor, también su apariencia, nuestros pelos son vistos en la modernidad como algo anti-higiénico, tener la vulva peluda no sólo significa éso sino también no usarla, que no tenemos apetito sexual, que no nos acostamos con nadie, que lucimos “descuidadas”.

Aún cuando es nuestra vulva la que envuelve al pene en las relaciones heterosexuales, la mayoría de la gente habla de penetración, nosotras mismas, hablamos de ser penetradas.

Decimos “perdimos la virginidad”, sí, en todo perdemos y lo cierto es que no perdemos, ganamos experiencia, por fin, sabemos que se siente una relación sexual, no perdemos, ganamos experiencia, pero jamás se nos enseña a verlo así.

Y como si todo esto no fuera suficiente, nuestra vulva parece que no fuera placentera, de ahí el rechazo a la práctica lésbica, la desconfianza, la burla: ¿qué se pueden hacer ésas sino tienen nada que meterse? Hay pues un culto a la penetración, a sustituir al falo, tal parece que sólo así dos mujeres podrían alcanzar el éxtasis.

Claro que una cosa es lo que suponen y lo que nos han dicho y otra es la transgresión sexual de las mujeres a conocer su cuerpo, a disfrutarlo solas y acompañadas, a olerse, a verse sin sentir culpa.

 

 

 

Revista Enheduanna

 

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: