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Mi nombre es…

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Él, escuchaba los discursos de su padre frente a espectadores que se sentaban en la plaza atentos. Se acercó entusiasta a solicitarle uno para él, éste le respondió que al ser tartamudo la gente no le tomaría respeto ni atención a sus palabras. Aquel niño se tendió a llorar sobre la cama y encontró en el suelo de la habitación un discurso que más tarde pronunciaría en una plaza pública.

Ziauddin Yousafzai, padre de la adolescente pakistaní galardonada con el Premio Nobel de la Paz en el 2014, tartamudeó al leer su primer párrafo, pero no dejó de pronunciarlo. Se hizo orador y más tarde con su voz luchó contra la violencia, el uso de la fe como método de control ideológico de su nación; se convirtió en activista social. Jamás abandonó ninguna de las palabras que no podía pronunciar: wo-wowowomen diría en el documental “Mi nombre es Malala”, dirigido por David Guggenheim.

Malala dice admirar de su padre, quien aunque podría cambiar a otra palabra sin alterar el discurso, no lo hace, repite hasta que completa la frase. Malala a quien su padre le brindará los mismos derechos que a un hombre; educación, voz, libertad de pensamiento. Hoy con sus palabras representa frente a dirigentes de naciones, a niñas que durante años fueron secuestradas por asistir a la escuela, violadas, apartadas del conocimiento.

La lucha por la equidad de género y el derecho a la educación resuena en la voz de Malala. Las escuelas, las mamás y los papás no deben el olvidar empoderar a las niñas con ese enorme poderío que es la voz, la importancia de no acallar nuestra palabra ante los problemas sociales, de elevar la voz sin importar la edad para denunciar, de elevar el discurso a través de la lectura y el análisis.

En el camino personas criticarán la ideología y el modo de hablar, de comunicarse, de pararse, y espero que como el papá de Malala, sean tomadas como un reto para mejorar la comunicación interpersonal y hacerla efectiva. La voz de todas derrocará los discursos de odio y rechazo disfrazado de buenas intenciones. La xenofobia y el machismo solo se acabarán si levantamos la voz.

Espero que un día cada niña mexicana resuene alto para que ninguna bala vuelva a herir a otra, para que a ninguna niña se le tome como rehén o se le niegue el derecho a la educación, el acceso a la información.

Para que frene la trata de personas que va dejando bancas vacías en las escuelas, la discriminación, la explotación sexual, la desaparición forzada, espero que cada niña en el mundo pueda decir “mi nombre es…” y con sus propuestas se derroquen las barreras que a veces inician en la casa, se refuerzan en la escuela y en lugares de adoctrinamiento ideológico que no permiten crecer a las naciones y que hoy como muestra material de la intolerancia construyen muros entre naciones.

Revista Enheduanna

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