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Las cortezas que somos

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Fotos: Damaris Disner

Tenía dos opciones: enojarme o caminar. Decidí por la segunda, la mañana que mi maestro de baile no llegó a dar la clase. En menos de tres minutos me vi en la entrada del Jardín Botánico «Faustino Miranda», bastaron cinco pesos para hallarme entre árboles tan altos que asemejaban nubes verdes entretejidas.

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El andador estrecho permitía apreciar de cerca sus troncos. Descubrí una belleza indescriptible. Sí, muchas veces había visto árboles, incontables ocasiones, pero ese viernes fue redescubrirlos. En el árbol de hormiguillo se asomaba una marimba; el de chicozapote su tronco asemejaba la piel de su fruto, mi preferido de niña pero nunca me había interesado ver de dónde nacía.

Quería respirar todo el aire y registrar cada especie vegetal. Pensé que si volvía diario por espacio de un mes, aún así no podría admirar a detalle cada una de las especies que ahí habitan.

La señalética de los andadores asemejaban pisadas y yo siempre iba en sentido contrario. A esa hora de la mañana había dos o tres visitantes más. Todos en el camino normal, ninguno en el sendero aéreo, al cual tienes acceso a sus 7 kilómetros por diez pesos más.

Mi temor a los lugares altos me impidió subir. Calculaba la distancia entre el suelo y las tablas del puente. Me prometí intentarlo en mi próxima visita. En mis sueños siempre tengo miedo de subir a escaleras o elevadores no por mi claustrofobia sino porque tengo miedo a elevarme, entiendo que es el temor al éxito o de alcanzar mis metas, por eso tiendo a ser desidiosa.

El amate con sus raíces fuertes como bancas labradas, provocó que recordara el libro de Héctor Cortés Mandujano, “La orilla y la maldad”, donde relata las sombrías historias, en ese entonces, del recién inaugurado Cereso número 14. Pensé lo lejos que estaba de ese nombre, dudo mucho quienes salgan de ahí puedan sentirse tan resistentes como esas raíces.

De regreso a la casa vi un gato-corteza. En esa posición dejaba ver su lomo -juro- que asemejaba un árbol. Pensé que aún caminaba impresionada por la experiencia sensorial que disfruté en el Jardín botánico. Quise tomarle una foto pero mi celular se había descargado. Seguí de largo pero la imagen del gato-corteza seguía ahí. Regresé sólo para enterarme que es una gata y está embarazada. No tiene familia humana. La señora que vende agua de coco o de horchata, entre dientes me respondía. ¿Es suyo? No. Lléveselo, no tiene dueño. No puedo ahora, no vengo preparada. ¿Usted le da de comer? Come lo que encuentra en la basura.

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Todo el camino de regreso pensé en la gata, en su lomo que asemeja una corteza. Sino hubiera regresado ignoraría que no tiene hogar, pensé que la señora era su compañía humana. No he vuelto por ella. Pretendo regresar a tomarle una foto, ayudarle a buscar un hogar. Mañana le llevaré unas croquetas, tal vez alivien un poco su hambre y mitiguen mi sentido de culpa por no traerla a casa, siento mi corazón convertido en una corteza.

Mi gato y mi perro, mientras escribo, están en mi cama, a lado mío. Ahora soy follaje que los protege. Todos somos árboles, pienso. A veces corteza, a veces hoja, a veces aire que se columpia entre las ramas y sólo quiere ser.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Revista Enheduanna

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