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La eterna fila de espera

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Solía ponerme nerviosa cuando estaba por tocarme el turno del banco. Si mi número era el siete y la pantalla anunciaba cinco, mi corazón comenzaba a acelerarse. Esos breves segundos de espera parecían interminables y debía fijar la mirada ahí, en ese pequeño recuadro que anunciaba su sentencia con números rojos, para que en cuanto estuviera el siete, me encaminara “tranquilamente” al número de la ventanilla señalada (previamente había “escaneado” en qué orden estaban).

Y no es que ya no sienta lo mismo, sólo que comencé a hacerle caso omiso al aumento del ritmo cardíaco y a tratar de tomarlo con naturalidad. Lo mismo sucedía cuando estaba en espera que diera el semáforo en verde, si yo debía ser la primera en arrancar. Y así, todo lo que me colocaba en primer lugar me causaba una sensación de nervio. Tal vez es mi timidez infantil que aún permea. Ser la primera en algo o asumir el reto de estar al frente (aunque fuera azaroso como el lugar de una fila), bastaba para sentirme observada y tal vez eso era la raíz de mi nerviosismo.

Realmente no recuerdo el episodio exacto o tal vez sí pero mi mente juega a esconderlo como una estrategia de mantenerme en paz. Sentirme observada y haber cometido un error mientras  lo señalaban, pudo haber contribuido a no sentirme segura cuando estoy en primera fila y debo dar el siguiente paso.

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Ilustración: Zoraida Vleeschower.

José Antonio Marina, en Teoría de la Inteligencia Creadora afirma “Así pues, construimos la memoria controlando el flujo de entrada de información, el modo de codificarla y el paso a la memoria a largo plazo, y todo esto lo hacemos con nuestros proyectos. Si nuestros proyectos son creadores, nuestra memoria también lo será”. También afirma (en una dinámica al finalizar el libro entre preguntas de un “lector imaginario ideal” y él) que el ser humano “es el único animal que quiere recordar”. Y es aquí donde asumo mi instinto para intentar sólo recordar lo que pueda hacerme construir un mejor presente.

Por eso dejé de escribir un tiempo esta columna aunado a mi enclenque disciplina. Me centraba en lo que había sido doloroso y dejaba a segundo plano mis recuerdos placenteros. La catarsis de escribir se ejerce ya sea en el recuerdo apapachador o en la espina desgastada por el tiempo.

Recuerdo una ocasión cuando mi padre me dijo, al verme decidida a vender mi carro porque no dejaba de fallar, “¿y por qué estás tan pesimista si tú eres siempre positiva?” Y vuelve siempre a mi mente cuando mi desaliento aparece. Para mí todo tiene raíz desde la infancia y los frutos en la edad madura (o lo que debería de ser), son producto de la calidad del agua con la que fuimos regándola.

Mi nervio de estar en la fila de espera agoniza, no pretendo hallar qué lo detonó sólo quiero felicitarme por continuar a pesar de mi deseo de cederle el lugar al de atrás (esto se aplica a varias facetas de mí). Así es esto de vivir, mientras se respire debes dar el siguiente paso, si lo haces tambaleando o con seguridad sólo depende de ti, tus recuerdos pueden hacerte una travesura pero al final sólo tú decides si es útil conservarlos.

 

 

 

 

Revista Enheduanna

 

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