La Costilla de Eva

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SENSACIONES

Por: Karla Gómez

En el marco del día de la comunidad Lésbica, Gay, Bisexual, Transgénero, QueeR (LGBTIQ),  comparto el siguiente cuento en el cual visibilizo el amor lésbico. 

“Libertango”, de Astor Piazzolla, se ha convertido en su melodía favorita. La escuchaba mientras observaba a través de la ventana cómo la ciudad se bañaba del mes de junio. Cada nota musical se iba enterrando en sus ojos melosos, en su piel inocente, en los rastros de niña que aún conserva.
En su respirar, pequeñas palabras se le escapaban, se iban deshojando, trasladándose con el viento que a la vez jugaba con su cabello. Pensaba en su futuro mientras sostenía una copa de vino. Sus labios eran dos ríos de encuentros que de vez en cuando alguien buscaba.
Abigail ocupa el lugar 65 de su árbol genealógico, o al menos, eso indica la cuenta que llevaba su abuela en un tronco de árbol de laurel.
No le importaba ser portadora de una cifra de ese árbol de ramas crujientes y quebradizas. Sólo quería desamarrarse de esa raíz que comienza a producirle culpas, y fabricarla con base a experiencias.
Un día descubrió al amor en una mujer. Ella con sus manos de líneas gitanas, fue curando sus dudas, sus miedos y emociones. Cubrió de caricias, besos y aliento a ese cuerpo. La bañó de un lazo sensual que se repitieron por varias semanas entre sus sábanas. Fue libre por primera vez.
Abigail, apagó el cigarro mentolado y dejó de observar a la pequeña ciudad congelada en su ventana, la cerró y vio cómo pequeñas gotas se deslizaban en su cristal. Mi música llora, pensó.
Con pequeños movimientos físicos en sus manos y brazos, hizo que sus dedos despertaran a su acordeón rojo.
Esa noche daría un concierto, pero, pese a que ya se había preparado semanas anteriores, sentía un vacío y desgaste emocional. Sin emoción no hay música. Siempre lo supo. Se cuestionó qué hace que se sienta así, fatigada, descontenta y tan monótona. Se trataba de hacer música, su verdadera pasión, y no podía.
Mientras que en el televisor, el presentador hablaba de los signos de los horóscopos y señalaba que Escorpión tendría una noche nada común, Félix, su gato de color café, le daba pequeñas caricias en los tobillos.
Se puso un vestido negro de corte V, su espalda dejaba al descubierto el quetzal que se tatuó. Se recogió el cabello, le daba mayor personalidad. Y esperó que Maribel pasara por ella. Llegaron juntas al evento.
Afuera, quizás la música la encontraría con el galope de la lluvia.
El auditorio había reunido a decenas de personas, que como ella disfrutan de las melodías de Astor Piazzolla. Todos hablaban que ella poseía un toque especial, que hacía vibrar con las melodías de ese compositor, en especial “Libertango”.
Antes de salir al escenario, tocaron su camerino, le entregaron un ramo de orquídeas amarillas y un mensaje que decía:
“Toca mi alma con tu música. Dejaré que me acaricies con tu sensibilidad artística. Piensa que soy tu instrumento, que estoy ahí, contigo, reconociéndome en tu espalda, llenándote de besos en el cuello, tomándote de la cintura…¿Recuerdas que este verano fuimos al campo?, el aire en tu cara te da mucha sensualidad. Me gusta verte así, con tu piel de arena, esparcida de notas musicales y tu cabello siempre cargando la noche. Estoy aquí en ti, en tus manos”.

Sus ojos color ámbar se hicieron más grandes y un pequeño suspiro la alentó a salir. Con “Libertango”, puso eufórico al público y ella gimió como siempre ha sabido hacerlo .

Revista Enheduanna

 

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