LA COSTILLA DE EVA

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El desamor y la mistela

Por: Karla Gómez

Como reportera de cultura he asistido a las fiestas de santos. Este 13 de junio es Día de San Antonio de Padua. El año pasado llegué a la iglesia y entrevisté a algunos de los creyentes. La respuesta de uno de ellos me llamó la atención, ya que San Antonio es considerado el santo patrono de los enamorados, y mi entrevistado dijo que para pedir amor hay que saber dar amor.
Esa frase aún sigue en mí. Así, como las veladoras encendidas, pétalos de rosa de varios colores por todos lados, y los listones rojos, que se relacionan tanto a este santo patrón.

El amor es la base fundamental de la vida. Muchos pueden darlo fácilmente, otros y otras son más selectiva. Existen muchas mujeres que aún no logran encontrar el amor de su vida, o creen que cualquier Pedro o Juan, serían buenos como esposos. Sin embargo, aún recuerdo el 13 de junio del año pasado, y lo que me produjo platicar con un vendedor de mistelas. De esa plática surgió este cuento breve.

Hágase tu voluntad

En la Feria de San Fernando, una muchacha se sentó al lado de mi puesto y me preguntó: “¿cuánto cuesta la mistela?, 15 pesos el medio litro y 30 el litro -respondí-.

Ella se levantó de su asiento, sacó dinero de su bolsa roja y me pagó, destapó la botella de un litro y comenzó a beber, simultáneamente también desayunaba una orden de empanadas.

Pensé: “Pobre mujer, ojalá y no le caiga pesada esta bebida”.

Eran las 9:30 de la mañana, aún la segunda misa del domingo estaba por concluir. Ella platicaba de su casa resanada de adobe, envejecida de tantos familiares que la habitaron; del álbum de familia que nunca tendrá; del árbol y el ombligo que jamás sembró como rito de iniciación a esta vida. De sus ojos salían algunas lágrimas y decía: “Hágase tu voluntad, Dios”.

Mientras yo, con un matamoscas ahuyentaba a las abejas que querían degustar del jocote y del  nanchi curtido. Asimismo, estaba atento a mis compradores.

Algunos perros se le acercaban, la señorita los acariciaba y decía repetidamente, con un aumento en el tono de voz: “Dichosos: comen, reciben una patada en el trasero y son libres. Dichosos: comen, reciben una patada en el trasero y son libres”.

Se levantó de su asiento y me compró una medida de nanchi y un litro de mistela. Las campanas de la iglesia anunciaban el retorno del espíritu santo; niños, jóvenes y adultos ejercitaban sus dedos para formar con tiempo y habilidad la cruz de la persignación.

Me percaté que los habitantes despertaron por el bullicio creciente, el intercambio de palabras y de pasos que se daban por todos los espacios de esa localidad.

Las abejas rodeaban a la jovencita, quien vestía un pantalón azul de mezclilla, y una blusa con escote de color verde; asimismo, tenía un anillo en el dedo medio de la mano izquierda, y una cadena con una medallita de la virgen de Guadalupe.

Llevo más de 30 años vendiendo mistelas y trasladando mi puesto a las diversas Ferias de esta ciudad, pero ningún (a) comprador (a) tomaba en cuenta mi presencia. Por lo regular, esta bebida se utiliza en las sentadas de niño o cuando en ciertos festejos se quedan sin tequila y cervezas; también para cuando alguien se asusta y con esto evita la bola en el corazón.

Se sujetó el cabello, y vi que tenía la piel muy marchita, traía la noche en sus ojos.

Señorita, ya no tome -dije con una voz melosa-, este trago es traicionero, aguada el cuerpo y al siguiente día provoca una fea cruda. Ha estado más de dos años en reposo y se elabora con trago chamula.

Ella me vio y me aventó el billete de 50 pesos; sin esperar su cambio, destapó otra botella y bebió sin detenerse.

Mis compradores preguntaban si la muchachita era mi hija, apenado les contestaba que no, que era una nueva clienta que hacía tiempo esperaba a quién sabe quién.

Faltaban pocos minutos para el mediodía: Es hora, es el momento -se decía para sí- ¿Perdón?, cuestioné.

-Ya es hora, debo detenerlo, hoy se casa-, respondió y de inmediato intentó pararse, pero tenía las piernas aguadas y no podía mantenerse en pie por más de 15 segundos y después caía.

-Ayúdame, necesito detener la boda, exclamaba.

La iglesia estaba a tres cuadras de distancia y acompañada de un suspiro dijo: “Hágase tu voluntad, Dios”.

Imagen: Tomada de Internet.

Revista Enheduanna

 

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