zaptos tenis

La bailarina

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El mundo iluminado, y yo despierta.

Sor Juana Inés de la Cruz

Ante un público de lo más variado y por lo que se ve, muy impaciente, la bailarina irrumpe en el escenario.

Se instala, se adueña del espacio y comienza su ejecución: inicia su rutina mirando al infinito, a todo y a nada; su boca apenas dibuja una sonrisa, no se sabe si es de miedo o de nervios, sus pies danzan al ritmo de su propia música.

Se acompaña de un aro.

Un paso adelante, otro para atrás, ahora a un lado, después al otro y repite; gira las manos, mira al cielo, se contonea, da la vuelta. Mueve los hombros, levanta una pierna, ahora la otra, se equivoca y aunque nadie lo perciba, ella se delata con un gesto, se reprueba a sí misma.

Pequeños movimientos de la boca, como si contara sus pasos, aunque quizá esté haciendo una oración para terminar ya, lo más rápido y salir corriendo.

Apenas son unos minutos que al parecer le son eternos, porque de repente esa especie de coreografía se vuelve una mezcla de raros y acelerados movimientos que terminan con ella enredada en el aro y a punto de caer, luego de haber volteando la vista hacia uno de los extremos de su escenario y mirar las luces a punto de cambiar de color.

Entonces se apresura, apenas sí sonríe, se inclina, agradece y camina hacia su público.

No es la bailarina estilizada de leotardo, mallas, ballerinas y tutu.

No, esta mujer de edad incierta y cuerpo grueso, viste pantalón de mezclilla, una playera que en sus buenos tiempos fue color de rosa y unos tenis viejísimos; está quemada por el sol. Su cabello mal recogido en una cola de caballo y su aro es una manguera enroscada en circunferencia.

Casi corre entre su público, el semáforo está a punto de marcar el siga y no le alcanza el tiempo para pedir una moneda.

Al pasar rápido entre los automovilistas indiferentes y pedir su recompensa por el baile ejecutado, advierto que no tiene los dientes frontales.

Ahora sé porque no sonríe y se limita a bailar con su propia música.

Una sola dádiva en la mano y su cara de decepción lo dicen todo. Torea los carros en movimiento y se va a sentar al camellón a esperar la nueva oportunidad que le brindará un alto, para volver a ser la bailarina del crucero.

FOTO: RETOMADA DE INTERNET

Revista Enheduanna

 

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