FUERA MÁSCARAS

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Mandatos sociales en la masculinidad

Por: Alfredo Rasgado Molina

 

Cuántas veces hemos escuchado frases como “hasta que el cuerpo aguante”, “murió como un valiente”, “pareces vieja” o “vieja el último”. A partir de estas expresiones abordaré algunas de las formas en cómo los hombres aprendemos a “ser hombre” y cómo estos aprendizajes se vuelven mandatos sociales, es decir “un deber ser” en nuestra vida.

Los hombres desde la niñez aprendemos a estar en constante riesgo, a exhibirnos a través de competencias violentas, agresiones o situaciones que manifiesten que somos mejores ante los otros estableciendo relaciones de control, dominio y de poder para avalar nuestra superioridad. Para garantizar y reproducir nuestro status, aprendemos a ocultar nuestras emociones y a canalizarlas a través de actitudes violentas, de esta manera si sentimos temor o miedo ante una situación de riesgo la respuesta será el silencio, reflejado en aguantar la situación y salir avante.

El aguantar se convierte en un mandato masculino: aguántate de llorar, aguanta el dolor, aguanta la presión, aguanta, aguanta. Quien no suscriba este mandato será señalado, juzgado, criticado de no parecer hombre, de no aguantar, de “parecer mujer”. Así quien desee demostrar lo contrario y no ser excluido de los círculos masculinos responderá de manera agresiva sea verbal o física para legitimarse ante los otros. Paradójicamente el aguantar otorga un poder simbólico masculino y al mismo tiempo genera efectos y secuelas en la salud de los hombres que se refleja en la esperanza de vida y causas de mortalidad. Los hombres nos estamos muriendo de diversas maneras por reproducir o intentar mantener este mandato en el supuesto de que nos hacen más hombres. Los hombres somos un problema de salud pública y las estadísticas no mienten.

A la par del mandato social de aguantar, encontramos el de morir como un valiente, es decir no rajarse; y Octavio Paz lo ilustró muy bien su obra El Laberinto de la Soledad señalando que El mexicano puede doblarse, humillarse, “agacharse”, pero no “rajarse”, esto es, permitir que el mundo exterior penetre en su intimidad. El “rajado” es de poco fiar, un traidor o un hombre de dudosa fidelidad, que cuenta los secretos y es incapaz de afrontar los peligros como se debe. Las mujeres son seres inferiores porque, al entregarse, se abren. Su inferioridad es constitucional y radica en su sexo, en su “rajada”, herida que jamás cicatriza.”[1]

Los hombres hemos aprendido e interiorizado el mandato de “no rajarse” y, aunque no vociferamos y decimos directamente que las mujeres son inferiores (pues políticamente es incorrecto o no va con nuestros discursos progresistas), con nuestro comportamiento, actitudes y el lenguaje ponemos de manifiesto cargas de sexismo y misoginia en nuestras relaciones de amistad, de pareja o laborales. Así, quien no se aguanta, quien se raja será catalogado de homosexual o parecer mujer y con ello el poder de discriminar, violentar, desaparecer, asesinar. La misoginia y la homofobia van agarradas de la mano en los ejercicios de violencia masculina.

El tercer mandato que tiene peso real y simbólico en los aprendizajes de ser hombre es NO PARECER MUJER, es decir no tener actitudes o comportamientos que a las mujeres social e históricamente les hemos impuesto: callar ante otros hombres, ser pacientes, pasivas, dependientes, trabajo doméstico, sin toma de decisiones, ser de o propiedad de… Ante este panorama construimos roles de autoridad donde implícitamente se exigen servicios y a la falta de éstos responder agresiva o violentamente; de tal manera que, si como hombre asumes “actitudes de parecer mujer” te atendrás a las consecuencias.

A manera de ejemplo, si callas o te dejas, si dependes del tiempo o disposiciones de tu pareja, si realizas trabajos domésticos o no tomas decisiones significativas serás objeto de violencia verbal, sexual y física, donde en última instancia se nombrará el “pareces mujer” como el peor insulto que pueda hacerse a un hombre. Se privilegia pues lo masculino, se desvaloriza lo femenino como algo sin importancia en nuestra sociedad.

Estos son sólo algunos ejemplos ante los cuales los hombres vamos construyendo nuestra masculinidad. En este proceso de aprendizajes encontramos mensajes que reproducen pensamientos misóginos y sexistas que se fortalecerán en el contexto social-cultural donde nos relacionemos y habrá instituciones como la familia, la iglesia, los medios de comunicación entre otras, encargadas de mantener o conservar este modelo hegemónico de masculinidad.

Los principales y responsables actores de reproducir este modelo violento de masculinidad somos los propios hombres; en nada o poco ayuda colocarnos como víctimas de este sistema si no generamos trasformaciones individuales que impacten, mediante un proceso de reflexión y autocrítica, en lo público.

Si realmente queremos una sociedad plural, democrática, justa e igualitaria comencemos a transformar nuestras actitudes y comportamientos, nuestras relaciones desiguales de pareja, de familia, laborales, sociales o comunitarias.

[1] Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. (El peregrino en su patria. Historia y política de México), en OC, v. III, (segunda reimpresión de la segunda edición), Círculo de Lectores/Fondo de Cultura Económica, México, 1996, p. 61-72.

*Integrante del Colectivo La puerta negra; consultor y especialista en género y masculinidades. Conductor del programa de radio En Voz Alta transmitido por el Sistema Chiapaneco de Radio, Televisión y Cinematografía.

 

 

Revista Enheduanna

 

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