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Cero tolerancia o alguien tiene que irse

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Cero tolerancia o alguien tiene que irse

A Talis, mi compañera- vigilante de escritura esa noche, cuya ausencia física sigue doliendo pero me sigue enseñando la intención pura del amor.

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Y mi gata se encorva detrás de la ventana. Roza los barrotes con su cabeza. Se tiende de espaldas para que la acaricien. La observo desde este pequeño espacio, que he acondicionado como sala de lectura, tienda y estudio, en horarios y días inhábiles, intento que la persona que la acaricia se vaya lo más pronto posible.

Llevo sentada más de una hora mientras intento escribir algo, iniciar lo que por mucho tiempo he postergado, mi columna sobre el quehacer artístico o sobre el teatro o diálogos cotidianos que entremezclé, como en todo, la realidad y la ficción.

Mientras escucho la ópera Carmen, hojeo La era del vacío de Gilles Lipovetsky, que me ha revelado premisas que en esta ocasión se eclipsan cuando veo la presencia de A en la ventana. Digo: ¿Por qué en este momento? Comienza a llamarme: Damaris, Damaris, quiero hablarte. Mi tolerancia está en cero.

De golpe viene el recuerdo de su presencia impertinente para que le dé dinero, le he dado monedas, en esta semana ha pasado diario, insiste, me niego a atenderlo y pido a quien esté, excuse no estoy, entonces le pide las monedas a él: aunque sea un peso, a A no le importa mi presencia, él lo que busca es un poco de dinero para beber su talento mientras deambula por la calle.

No espero mucho. No pienso levantarme para acercarme a la ventana y preguntarle qué desea. Ya lo sé. También ando “short” y recuerdo su mirada lasciva, en otra ocasión, cuando trataba de ser amable a pesar de su estado alcohólico. No tengo humor para tolerar presencias que en este momento me desagradan, en mi propio espacio que he construido con armonía.

Le grito desde mi silla: No tengo dinero, vete. Necesito decirte algo, Damaris, no te voy a pedir nada, me responde con la lengua trastabillada por el consumo de alcohol barato. Siento cómo mi mandíbula quiere temblar, mientras intento que mi mirada “traspase” los barrotes para que se vaya pronto.

Su presencia sigue ahí, le vuelvo a gritar tajante: sólo esto me falta que no pueda trabajar en paz en mi casa, con la ventana abierta. Por un segundo me viene la idea que no se marchará pronto, recuerdo en otros momentos su necedad que lo hacía alzar la voz exigiendo ser atendido. Vuelvo a endurecer la mirada.

Intento escribir. De mi reacción primera he cerrado de un tajo youtube donde escuchaba Carmen. Me molesto más. Sigue de pie frente a la ventana. Subo de intensidad la mirada retadora. Decide irse, sin antes decirme no sé qué frase amenazante. Me da igual.

Volteo de nuevo y veo con sorpresa que sí se ha ido. No insiste como otras veces. Mi corazón de “pollo” quiere arrepentirse de hablar enérgica. Entonces escribo frenética, mientras siento cómo descansa mi mandíbula y no paro de escribir lo que ahora has leído. Respiro aliviada.

En silencio agradezco a A que haya aparecido en mi ventana. Una necesita ciertos estímulos para escribir. Veo la ventana, mi gata sigue asomándose curiosa, disfruta el paisaje, mientras mi otro gato duerme en el sillón. Adoro la tranquilidad.

 

 

 

Revista Enheduanna

 

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