El jardín de las luciérnagas

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Tristes tragedias cotidianas

Por: Constanza Leyva

Bichos de luz 3

1.- La conocí una tarde calurosa como son casi todas en este pueblo, estábamos en una oficina del Ministerio Público para ser precisas.

Ella parecía tranquila, aunque iba de una oficina para otra, se acomodaba en cada lugar como si fuera su propio espacio, como si lo conociera bien, como si hubiese estado ahí varias veces.

De vez en cuando me miraba y sonreía.

Yo la observaba, me intrigaba saber qué hacía ella ahí, en una oficina donde se investigan delitos sexuales.

Mientras esperaba por el asunto que me llevó a ese lugar, saqué el pintalabios de un estuche azul muy gracioso y llamativo que tenía un espejo, cuando me iba a pintar sentí que se acercó, se colocó muy cerca y me pidió que le mostrara el estuche del labial.

Se lo di y vi una pequeña luz en sus ojos, le pregunté si le gustaba y ella sonrió.

Aproveche su cercanía para satisfacer mi curiosidad,  le pregunté su nombre y qué hacía ahí.

Volvió a sonreír muy tímidamente y me contestó:

-Me llamo Ana y hoy es mi cumpleaños.

La felicité y le volví a preguntar qué hacía ahí.

Dio la vuelta y entró a una oficina, donde estaba una abogada de cara amable.

De repente las personas con la que iba me llamaron, ya nos íbamos, pero seguía intrigada sobre la presencia de Ana en esa oficina.

Con la idea de que era su cumpleaños, saqué el pintalabios del estuche y me dirigí a dárselo.

Ana estaba con la abogada, entré y le entregué el regalo, inmediatamente lo tomó y lo acarició  como algo muy preciado, sonriendo salió corriendo hacia otra oficina.

La abogada, que había presenciado la escena me dio las gracias, entonces le pregunté qué hacía Ana ahí.

Me dijo que su padrastro la violó hacía tiempo, lo detuvieron y salió sólo para ir a buscarla y volverla a violar. Estaba en el Ministerio Público porque la iban a entregar a la Casa Hogar.

Ana tenía siete años y ese día era su cumpleaños.

2.- Sábado en la mañana llega muy temprano a buscarme Pedro, el trabajador que me apoya haciendo las reparaciones que necesita mi casa, antes, en la madrugada ya me había dicho que no podía acompañarme a San Cristóbal para trabajar porque tenía un problema con su hija mayor. No obstante que habíamos quedado que lo dejaríamos para después, aparece demasiado temprano para ser fin de semana.

No es el hombre que conozco, risueño y platicador.

Se disculpa por haber cancelado el compromiso que teníamos, a pesar de que me había dado su “palabra de barraco” de que cumpliría.

Le pregunto si todo está bien y contesta que no. Su hija, explica, no regresó de la escuela.

Según me cuenta, les dieron las siete de la noche esperándola y no volvió; en la familia la angustia y el miedo porque quizá se la llevaron, la secuestraron o qué le pasó.

Más tarde ella llamó para decir que ya no regresaba más, que estaba enamorada y se fue con su novio.

Pedro lo cuenta con rabia y con lágrimas en los ojos; le duele, le da sentimiento que su hija piense en tener marido si en la casa era la niña; tiene coraje porque se siente traicionado y sólo se le ocurre una solución: casarla.

Lo miro, lo escucho, le pregunto si ya le dijo que regrese a la casa, que lo piense.

Sin titubear, Pedro contesta: “ya para que la quiero así, si ya conoció marido, ya no sirve”.

La hija de Pedro tiene 15 años recién cumplidos y estaba en sus últimos días de tercero de secundaria.

3.- Trabajo en medios de comunicación desde hace muchos años, un trabajo que no conoce horarios ni fechas, no hay fines de semana, cumpleaños, celebraciones,  ni días de asueto, así es la información, no tiene hora.

No es raro entonces que vaya al súper o a las siete de la mañana cuando abren, o a las 10 de la noche corriendo antes de que cierren.

Todo el tiempo robándole tiempo al tiempo, escapando del trabajo para pasar a comprar lo que necesite para la casa, a veces paso al mercado a las tres o cuatro de la tarde, cuando ya casi cerraron los locales.

Una tarde así, de paso del trabajo, con la camisa de mi uniforme y mi bolsa, paso a comprar carne al mercado, la señora me mira y se extraña. No se queda con la duda.

-Por qué viene tan tarde, me pregunta.

-Porque ahorita me pude escapar del trabajo, le digo.

-Pues si pero usted siempre viene cuando ya casi no hay nada, me reprocha mientras corta con maestría los bisteces.

Y me sugiere:

-Por qué no viene temprano, cuando viene la mayoría de la gente.

-Porque termino muy tarde de trabajar y muy de mañana no podría, le contesto buscando su comprensión.

Levanta la mirada, deja a un lado la carne  y sus ojillos se abren preguntando:

-¿Pues usted qué vende que se tiene que dormir tan tarde?

 

4.- Graciela es una mujer que no pasa de los 40 años, tiene dos hijas y un hijo, que igual que ella, siempre andan descalzos, así sean las 12 del día y el sol haya calentado el piso como si fuera lumbre.

Con ellos vive su madre, una mujer mayor que está en silla de ruedas y que cuida a los chamacos porque Graciela trabaja en las casas haciendo quehacer.

Es común encontrarlos sentados en la calle, correteando en la avenida o sentados afuera de alguna casa, de donde pueden “robar” señal de internet para el teléfono de la hija mayor, Sheila, una niña de 15 años, que aparenta  12.

Sola la madre, se hace cargo de su familia; por temporadas tiene pareja y entonces parece feliz, pero no pasa mucho tiempo antes de que se pongan a beber, a reír y después a pelear hasta en la calle y delante de las hijas y el hijo.

Precisamente se encuentra en una etapa posterior a un episodio de estos, por lo que anda sola batallando y vagando en la calle con los hijos, que por falta de dinero dejaron de ir a la escuela y ahora en la calle andan más andrajosos que de costumbre, correteando y trepándose en el árbol de guayaba que está afuera de mi casa.

Los encuentro por todas partes, si regreso tarde del trabajo veo a Sheila, con su pequeña humanidad, en la caseta del teléfono que está a dos calles de su casa. ¿A quién le llama a esas horas?

Voy por la tarde al parque a caminar y están ahí, abajo de un árbol, los cuatro, descalzos, hablando todos al mismo tiempo, gritando…

Los veo y los saludo.

-¿No debieran estar en la escuela? Les pregunto.

-No, porque no tengo dinero, me dice Graciela, los di de baja a los tres, explica.

Semanas después he vuelto a encontrar a la madre precisamente cerca del parque y como siempre, le pregunto por su familia.

Me dice que Sheila quiere regresar a la escuela, le tocaría entrar al bachillerato pero como se dio de baja, tiene que hacer otra vez el examen y con desenfado agrega:

“Ya le dije: hijita, para qué te saliste, yo ahorita no tengo dinero para darte y sí tengo dos bocas que mantener que son tus hermanos chiquitos, así que ponte a buscar trabajo, de sirvienta porque no sabes hacer nada o si no, busca en un bar, de mesera o así como estás chiquita, puedes atender a los señores, ni modo mamita, no quisiste ir a la escuela y pues si no encuentras, aunque sea de prostituta, como eres chiquita te va a ir bien…Se lo digo y se ofende doñita, pero pues qué le vamos a hacer, yo ya no la puedo mantener”, suelta mientras se va alejando.

FOTOGRAFÍA: DAILY MAIL

Revista Enheduanna

 

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