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El cáncer y su invasión despiadada en las jóvenes

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Por: Valeria Valencia

Termina el mes de octubre, y con él se van las conmemoraciones oficiales y civiles en torno a la enfermedad por el cual han muerto millones de mujeres: el cáncer de mama. No obstante, durante este año mostró una parte que no se había alcanzado a visualizar: el hecho de que el cáncer de mama está haciendo presencia en generaciones cada vez más jóvenes.

Tuve la oportunidad de escuchar a Lorena y Clara, dos jóvenes de 22 y 21 años respectivamente, estudiantes universitarias ambas, quienes me platicaron sobre la traumática experiencia de ir a consulta médica porque una de ellas sentía mareos y Clara, por un golpe en el pecho que había recibido accidentalmente. Entraron al consultorio sin pensar siquiera que iban a  encontrarse con los diagnósticos de fibrosis quística y cáncer de mama.

A partir de ese día, su vida cambió totalmente: empezaron sesiones para aplicarse quimioterapias, hacerse las tomografías y la ingesta de medicamentos caros, a fin de contrarestar hasta erradicar ambos padecimientos que de no atenderse, les puede costar la vida.

Los testimonios de ambas jóvenes hacen voltear la vista hacia un fenómeno que se está presentando y no podemos ignorar: la presencia de cáncer en mujeres cada vez más jóvenes. Lorena y Clara tenían 20 y 19 años cuando les fue detectado los terribles padecimientos y ese hecho les hizo ver de otra forma la vida y cambiar de dinámica en su rutina como por ejemplo la dieta que hoy está libre de lácteos y alcohol, entre otros alimentos que son muy populares y consumidos por lxs jóvenxs.

También forma parte de su nueva vida, los chequeos que se hacen semanalmente, la toma mensual de mastografías y las consultas frecuentes que hoy son parte ya de su etapa de jóvenes estudiantes lo cual también les ha generado gastos que no están previstos en los bolsillos de mujeres de su edad. Ambas llevan un avance significativo en su tratamiento pero aún les falta avanzar para llegar a la curación total.

Si bien, es de considerarse la herencia como factor que influye en nuestra salud o enfermedad, es importante también considerar que a las mujeres se nos carga con un mayor número de papeles a ejercer y dejamos la atención a nuestra salud en último lugar.

A esto le agregamos otras condiciones: la alimentación (que depende de nuestro salario y formación familiar para determinar cuán  nutritiva es) la forma de medicarnos (nuestro ritmo de trabajo nos lleva a abusar de los antibióticos), la dificultad para pagar estudios preventivos (una mastografía cuesta más de mil pesos) y el estrés con el que vivimos a diario ante la presión de cumplir con una gran cantidad de roles, teniendo como consecuencia que el sistema inmune esté siempre en alerta roja.

Lo preocupante sobre esta mortal enfermedad, y que ha sido el lastre de las mujeres desde siempre, es que ahora tanto la sobresaturación de papeles, como la mala alimentación, la pobreza entre otros factores, nos están llevando a que las jóvenes tengan que encarar y sobrellevar un padecimiento de esta magnitud, como si fuera fácil ser mujer joven en este país, en donde además se tiene que enfrentar el acoso callejero, las pocas oportunidades que les espera para emplearse, el acoso sexual dentro de las universidades, el pésimo servicio que encontramos en el servicio público de salud, entre otras…

Mientras llegan condiciones más favorables para las mujeres y las políticas de salud estén enfocadas a realmente prevenir y sanar las enfermedades que nos aquejan sólo a las mujeres, no nos queda más que implementar mecanismos para cuidarnos a nosotras mismas:

-Regalarnos el tiempo para hacernos las pruebas en casa y detectar cualquier anomalía en nuestras cuerpas, principalmente en nuestros senos.

-Aprovechar las campañas del Sector Salud para tomarnos una mastografía.

– Intentemos llevar una dieta rica en verduras y frutas crudas.

-Para quienes somos madres, fomentar en nuestras hijas el amor y respeto (y disfrute) de nuestras cuerpas, que las motive a cuidarlas como nadie más lo hará.

Lorena y Clara me pidieron con franca preocupación contara sus historias, porque no desean convertirse en la generación que le abra la puerta a la que Susan Sontag llamó “la enfermedad que entra sin llamar, la enfermedad vivida como invasión despiadada”.  No lo permitamos. El patriarcado ya ha sido suficientemente invasor como para dejarlo invadir nuestras cuerpas en forma de enfermedad.

Revista Enheduanna

 

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