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El buen fin

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Por la carretera que lleva al municipio de Venustiano Carranza, llegamos a una vulcanizadora a revisar las llantas. Eran las 9 de la mañana, gallinas pasaban encima de las herramientas mecánicas. Salí del auto con la intención de acercarme a un horno de tierra al fondo del lugar, más allá de un fogón columpios de llanta en un árbol, gallinas.

Atravesé el patio sin pensar. La gallina negra de una pata bebía agua estancada de un charco, la mujer vestida de verde me sorprendió. Le dije buenos días, y apenada por el allanamiento de su morada sin vallas, en lugar de salir del terreno caminé a donde una señora elaboraba tamales a la usanza tradicional chiapaneca.

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No me corrieron. Tomé asiento y platiqué con ella mientras con la masa de nixtamal revuelta con hojas de chipilín (quelite, verdura tierna comestible) formaba bolitas y las colocaba sobre hoja de milpa, luego daba forma de tazón a la masa y lo rellenaba con pollo, una raja de chile jalapeño en vinagre y salsa de tomate.

La hoja que envuelve al tamal de chipilín comúnmente es de plátano, pero en esta región es con hoja de milpa al finalizar el proceso de relleno. El tamal de chipilín cuenta con más de tres variedades; puede contener pollo, camarón o queso, pero siempre con salsa de tomate y la hoja silvestre para darle sabor.

Cada día la señora vende cincuenta tamalitos a 9 pesos cada uno, su especialidad son los de chipilín, aunque también podría vender de bola, anís, cambray, hoja de milpa, yerba santa, toro pinto…

La economía de algunas familias se apoya o se sostiene gracias a la venta de tamalitos o comida. La suegra de la señora, quien murió hace un año, mandó a hacer el horno con los ingresos que obtenía de la venta de comida, cochito, puerco con tomate…

Las mujeres de las colonias durante años han contribuido al consumo de productos regionales y al autoconsumo. Aunque la señora negó que la abundancia de gallinas y pollos se debiera a que son cocinados para los tamalitos, yo creo que sí, y además son alimentados con masa y chipilín restante de los tamales.

La producción y consumo en las comunidades rurales es en su mayoría sustentable, así como el uso de bienes y servicios ya que responden a necesidades básicas como la alimentación y minimizan el uso de recursos naturales como el agua y materiales tóxicos. Los productos no cuentan con envoltorios y reducen su huella de carbón ya que sus alimentos son producidos y consumidos en su comunidad.

El carro estaba listo, me despedí y le pregunté si como a las cinco todavía tendría tamales. Ella respondió que sí.

De regreso no localicé su lugar de venta, pero mi compra del buen fin fueron cuatro tamalitos de picte asados, cuatro por veinte pesos, y dos cucharones de chanfaina por treinta pesos, me sentí muy bien porque mi compra, aunque mínima, apoyó a la economía familiar de las comerciantes, así como a la economía de la localidad.

 

Revista Enheduanna

 

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