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Ser madre desde el encierro

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El presente trabajo es resumen de una investigación que realicé en el año 2013. Lo publico a propósito del trabajo que están realizando mis compas feministas en apoyo a las mujeres reclusas de Chiapas y porque a pesar del tiempo transcurrido, las circunstancias por desgracia no han cambiado. 

Foto principal: Evangelina Cruz Dávila. Interior del CERSS 5.

San Cristóbal de Las Casas,  Chiapas.- Mientras Marisol era transportada al penal pensaba solamente en una cosa: ¿qué pasaría con sus dos pequeños hijxs? Con el padre prófugo y la madre de ella lejos, no lograba visualizar cuál sería el destino de lxs niñxs. Al iniciar el proceso judicial, la abuela de ellos pasó a ser la mamá y Marisol se convirtió en madre a distancia, que seguía guiando, formando y hasta educando a sus hijos desde el teléfono público dentro de la cárcel.

Si para todas las mujeres reclusas, la cárcel significa “desarraigo”, para las que son jefas de familia la experiencia de ser encarcelada tiene además un impacto familiar muy fuerte, principalmente en sus hijos e hijas. Así se puede apreciar en el caso de Brenda, una joven tzeltal quien solicitó el traslado de sus dos hijos menores a una Casa Hogar en San Cristóbal, aún en contra de su voluntad.

La ruptura del vínculo con sus hijos/as repercute fuertemente en el estado emocional de las mujeres que purgan una condena (o están bajo proceso), al sentir una profunda culpa por haber dejado sin protección a sus pequeñxs, sentimiento que es reforzado por los mecanismos de control del sistema penitenciario como los grupos religiosos, los talleres de autoestima o el sicólogo del penal quienes refuerzan el estigma de mala mujer y mala madre en las propias presas.

madre presa 1

La serie de fotos corresponde a Adriana Lestido, (Buenos Aires, Argentina) de su trabajo “Mujeres presas”.

 Estigma, olvido y abandono

La reclusión de mujeres en el estado de Chiapas trae consecuencias graves a nivel social y familiar impactando mayormente en lxs hijos e hijas quienes quedan prácticamente en la orfandad, viviendo en casas hogar o pasando a ser hijas/os de las abuelas.

Aquellos que viven con sus madres dentro de los penales no cuentan con las condiciones óptimas de atención para un infante y crecen bajo el cuidado y el apoyo de las mismas presas o personas solidarias del exterior.

De igual manera, muchas de las reclusas que son madres continúan siendo el sostén económico de su familia desde la cárcel en donde reciben escaso o ningún tipo de apoyo para la comercialización de sus productos o en la realización de talleres productivos. Todo lo que hacen para sostenerse a sí mismas y a sus familias son resultado del intercambio de saberes entre ellas o bien, de los talleres que organizaciones civiles realizan dentro del penal.

Paralelamente, las presas deben enfrentar el olvido de sus familiares y amigos así como el doble estigma social de mala madre y mala mujer por el hecho de estar en conflicto con la ley.

Ante el estado de abandono que muchas de ellas viven, tanto institucional como familiar, se han registrado casos de prostitución como forma de trabajo, tema que no ha sido encarado por las autoridades del sistema penitenciario chiapaneco.

 ¿Quiénes son ellas?

El Centro de Reinserción Social para Sentenciados (CERSS) número 5 está ubicado en la carretera San Cristóbal de Las Casas- Ocosingo, es uno de los 3 penales mixtos de Chiapas y alberga alrededor de 50 mujeres en un espacio reducido que a primera vista pareciera el traspatio del penal varonil.

El perfil de las presas en este CERSS, es muy similar al resto de los penales chiapanecos y mexicanos: la edad de las mujeres fluctúa de 19 a 60 años, siendo la mayoría las mujeres de 20 a 35 años edad. Del total de la población, hasta finales del año pasado, sólo 3 no eran madres por lo que el porcentaje de presas que sí lo son es de 94 por ciento.

Los delitos de los que se les acusa son mayormente homicidio y robo, aunque en los últimos años se agregaron los delitos contra la salud y el de trata de personas. Aproximadamente un 80 por ciento de las internas son de origen indígena y el resto son mestizas provenientes sobre todo de San Cristóbal y Comitán. De ese 80 por ciento, muchas de ellas son de edad avanzada, monolingües y analfabetas.

Bajo este perfil se confirma lo que la investigadora social Aida Hernández ha llamado “patrón de encarcelamiento: mujer, pobre e indígena” el cual se aplica en todo el país pero mayormente en las entidades del sur como Chiapas donde los porcentajes de población indígena y de pobreza son altos por lo que, según Elena Azaola, antropóloga e investigadora en temas jurídicos y de género, afirma que en México “el racismo y el sexismo determinan la manera en que se criminaliza la pobreza”.

Al respecto, la abogada Martha Figueroa, conocida por su defensa en casos de mujeres injustamente encarceladas en Chiapas, expuso de esta manera la situación de las reclusas: Varias de las mujeres que hemos logrado liberar, vieron violado el principio de debido proceso, prueba idónea, principio de igualdad y no discriminación, además de ser sometidas a torturas, tratos crueles e inhumanos dentro de la prisión, algunas sin saber de qué o por qué se les detenía… si no saben hablar español no cuentan con abogado o traductor… reciben sentencias injustas además de impropias o exageradas… sobre todo cuando son mujeres sin recursos.

A la situación jurídica diferenciada que enfrentan las reclusas, se suma las consecuencias de diversa índole que tiene el encarcelamiento de una mujer puesto que la reclusión de una madre tiene implicaciones distintas a la de un padre, debido a que la mayoría son jefas de familia o madres solteras.

 

madre presaSer madre desde la cárcel

Ejercer la maternidad desde la cárcel es una tarea difícil de sobrellevar, llena de tensiones y resistencias, como lo vive Brenda, reclusa del CERSS 5 que ante la impotencia de cuidar a su hijo adolescente, quien bajo la custodia de su madre ha mostrado un comportamiento rebelde, decidió solicitar el traslado del adolescente y su otro hijo menor a una Casa Hogar en San Cristóbal, aún en contra de su voluntad:

 “Si no quieren, ni modo, se tienen que venir. Estando ellos acá en la Casa Hogar estaré yo más tranquila…Van a estar presos como yo pero al menos va a estudiar…así me siento más segura, porque sé que estarán bien”, cuenta la reclusa.

Una situación parecida vive Alberta de 25 años de edad, quien dejó a sus tres pequeños en manos de su madre y a quien le envía dinero de las manualidades que elabora y vende, mientras cumple su condena de 7 años por haber introducido droga al penal presionada por las amenazas de su esposo. Actualmente el marido se encuentra libre y no ha visitado ni una sola vez a Alberta ni tampoco se hizo cargo de sus hijos.

La crianza y cuidado de los vástagos por parte de familiares suyos es casi siempre la única alternativa que les queda, sin embargo hay quienes no tienen ningún familiar como el caso de Rita, cuyos dos hijos mayores adolescentes y uno de 10 años se encuentran en un orfanato en la capital del estado, razón por la que los ha visto una sola vez desde que se encuentra presa hace 2 años.

La situación incierta sobre sus hijos o hijas es lo que más les preocupa a las mujeres presas, por tanto buscan de diversas formas no perder su presencia, autoridad o el cariño de sus hijos. La manera más a la mano que tienen de hacerlo es a través del teléfono público instalado dentro del penal, en el área de visitas el cual está disponible de 8 am a 5 pm. El poco dinero que ganan vendiendo sus manualidades es destinado en gran parte para comprar tarjetas telefónicas y así tener noticias de sus hijos/as o hablar con ellos/as.

 Cuando les hablo me dicen que hicieron una travesura o para pedir permiso o ellos (mis suegros) me piden que los regañe por algo que hicieron. Me dan mi lugar de madre, para que tome decisiones aunque yo esté acá. Y ellos me dan lugar como su madre, me dicen: mamá, ya me quieren ver. Y yo les digo que se porten bien. Carmen

Los hijos e hijas platican de sus vivencias cotidianas, mientras que ellas los escuchan y  aconsejan cuando están en problemas -en caso de los adolescentes- desarrollan su capacidad de escucha ante las vicisitudes de sus vástagos, pero también buscan aplicar rigor cuando lo creen necesario:

Hace poco Lalo (el hijo mediano) se fue a la calle y le hablé fuerte. También le hablé a mi hermano para que se hiciera cargo de él, no en dinero sino en su comportamiento, le dije que le pegara si era necesario. Brenda

Niños/en la cárcel, presos sin delito

Cuando los hijos son pequeños, algunas de ellas deciden tenerlos a su lado dentro del penal mientras purgan la condena y hasta que les es permitido (lo cual depende del director en turno) convirtiéndose los infantes en prisioneros/as sin delito.

La población de niños y niñas viviendo en el penal es cambiante. El año pasado vivieron 2 menores: un niño de casi 3 años y una niña de año y medio. Para mayo, estos niños ya habían salido libres junto con sus madres y sólo se observaban a niños y niñas de diversas edades que pasaban temporadas cortas o fines de semana en el interior.

Cabe decir que pese a la presencia de infantes, el centro penitenciario no cuenta con servicio de guardería -como sucede en penales de otros estados- por lo que los niños están bajo el cuidado de sus madres y del resto de las internas bajo fuerte amenaza de castigo en caso de que los pequeños sufran algún accidente dentro del penal.

Al no contar con un ingreso económico, más lo que le proporcionan las manualidades que ellas hacen eventualmente, los niños y niñas del penal viven prácticamente de la solidaridad de las guardias, de los grupos religiosos y en menor grado de las visitas (muy escasas por cierto) de familiares y amistades que reciben.

El cuidado también corre por cuenta de las propias presas quienes ofrecen su tiempo y paciencia para cuidar a los pequeños mientras la madre hace la talacha obligatoria (limpieza de la celda) o sus actividades domésticas o bien, cuando la madre se encuentra enferma.  En caso de enfermarse el o la infante, la mamá acude al servicio médico del penal donde le proporcionan medicinas básicas como Mejoral o Paracetamol.

 

La cárcel, ese paréntesispresas2

Es la cárcel un paréntesis en la vida de las mujeres, el lugar y la experiencia, donde en medio del dolor y el coraje y con tiempo de sobra ante la falta de actividad, resignifican su papel como madres. Aparece la figura de la mala madre que eran antes y la buena madre que ahora desean ser.

Esta es la principal tensión que una interna madre vive en su experiencia carcelaria, pues se les hace ver que no cumplieron el papel de madre allá afuera por lo que se les inculca en algunos casos sutilmente el modelo de madre que deben practicar estando afuera. Sin embargo, no tienen muy claro cómo aplicarlo o cómo serlo, sólo lo tienen claro en su mente.

A la cárcel, ellas le llaman de diversas maneras: “vacaciones” “escuela” o “anexo” pero coinciden que acá es donde han reflexionado sobre su ser madre, donde más extrañan a sus hijos/as y se han vuelto ellos/as su principal fuente de inspiración para “salir adelante” cuando salgan pero también para permanecer encerradas. Los/as hijos/as adquieren una omnipresencia que antes no tenían por lo que, si algo tienen claro es que saliendo de la cárcel serán “buenas madres”. Ese es su gran sueño, recuperar el tiempo robado por la cárcel y recuperarlo de la mano de ellos, los hijos, las hijas.

 

 

 

 

Revista Enheduanna

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One Response to Ser madre desde el encierro

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