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Que conste en las actas

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Por Gloria Ramírez*

Hice mi declaración no sólo por el robo de mi celular y cartera, sino porque en ella llevaba tres USB que prácticamente contienen mis documentos oficiales en PDF (acta de nacimiento, CURP, RFC, datos de mi cuenta de SAT, datos bancarios, copia de mi IFE, copia de mi Pasaporte, PDF de algunos títulos académicos, PDF de mis cédulas profesionales, datos bancarios, entre otras cosas). La cuestión es que no cargo diariamente eso, sino que necesitaba imprimir algunos de esos documentos y por ello los tenía en mi cartera. En fin, para no hacer ese episodio largo, primero fui a un banco para sacar lo que quedaba de mis tarjetas (que afortunadamente no estaban en mi cartera), después llegue a casa y desactivé las mismas. Cambié contraseñas de todo: correos, Facebook, PayPal, Netflix, etc., di de baja mi línea celular e hice el bloqueo correspondiente de mi aparato (el famoso IMEI que impide el uso posterior del mismo). Estuve desde las 7 pm hasta las 10:15 pm haciendo eso. Ahora, seguía lo principal: dar aviso al Ministerio Público y levantar el acta correspondiente en la fiscalía para reportar el robo, pues se llevaron mis valiosas USB con toda mi información y podrían hacer mal uso. Entramos a eso de las 10:30 pm (el MP queda cerca de casa) y comenzó el trámite (y el show).
En esas horribles sillas de metal frías, que más parecen ser equipos de tortura para la espalda, estuve en espera de poder entrar a la oficina en la que tenía que hacer mi declaración. No habían pasado más de cinco minutos cuando dos agentes entraron con una señora de unos cuarenta y tantos años, muy desarreglada y a simple vista estaba súper-mega cruzada (drogas y alcohol) con arañazos en todo el cuerpo. Entró mirándonos con desdén, como si no mereciéramos estar en su territorio. El MP ya era como su casa y manifestaba conocer el lugar muy bien, que su carnal (hermano) era ex-presidiario y que la sacaría del lugar en «chinga» (rapidísimo), dijo tronando los dedos a dos policías de mi estatura. Obvio, quienes me conocen saben que soy súper chaparra.

Gloria Ramírez, escritora.
La verdad me reí un poco de la situación porque parecía de caricatura. Después, llegaron unos chicos hablando otomí, así que me distraje escuchándolos, y, para ese entonces, ya había mucha más gente en el lugar, incluso, había una chamaquita como de 7 años jugando y corriendo por ahí.
Alrededor de las 11:30 pm entraron dos chicas, que al parecer estaban ligadas al caso de la señora «cruzada». Oímos que el oficial (el comandante Ortiz) platicaba con una de ellas, y solicitaba más información de la detenida. Estaba yo más en ese chisme que en mi propio problema cuando por fin me llamaron y me tomaron mi primera declaración (les adelanto que me tomaron como cuatro declaraciones).
Le platiqué al agente lo que me sucedió y hago hincapié en que mi preocupación son los datos de mi USB y no el celular, ni la cartera. Me dicen que eso es lo de menos, que mis USB las van a limpiar y a vender, que no harán «mal uso» de mis datos porque rara vez venden esa información al mercado negro. «Pues a mí me importa poco, me vale *erga, yo necesito levantar el acta», pensé, porque si lo decía me ponían patitas a la calle. Así que con la jeta y la sonrisa más hipócrita pido de favor que me tomen mi denuncia. El agente me dice que está bien, que es mejor prevenir. «Nada más ten paciencia porque falta el chavo del carro robado, la chica de pelo rojo y el señor de brazos cruzados». A partir de ahora ¿quién sería yo entonces?, ¿cómo me identificarán? Acaso seré: «la mensa de los lentes», «la de la bolsa de flores» o tal vez «la del celular robado»…
Me siento de nuevo en las sillas quiebra-espaldas y espero a ser llamada por otro agente. La «cruzada» ya no estaba, se la habían llevado a los separos. Mientras, mi mamá ya había pasado a hacerle una queja al rechonchito comandante Ortiz porque, por si no lo sabían, la balacera de Copilco fue a pocos metro de mi casa (los casquillos de las balas echadas al aire los encontraron bajo el balcón de mi habitación). El Ortiz le dice a mi mamá que la cosa «está más caliente» en el Barrio Santo Domingo y que por eso movieron las unidades para allá. Otro agente, el poli Sánchez lo confirma: «sí jefecita, la cosa se puso dura en Santo Domingo, ya por eso no rondamos en Copilco». Total, pues ya qué, ya ni modo, ya nos fregamos.
Salimos por un café con leche pa’aguantar el frío que se intensifica con las pinches sillas quiebra-espaldas. Al entrar, mi mamá quiere reclamarle de nuevo al Ortiz, pero yo no me doy cuenta porque me lanzo a la silla donde está más caliente y menos pega el aire. Ella entra un minuto después de mí y me cuenta: «a la ‘cruzada’ la trajeron porque la culpan del robo de un bebé, pero como está indispuesta no puede testificar si fue ella o si el bebé se lo llevó la persona con la que entró a robar una casa»: todo indicaba que la «cruzada» y su cómplice entraron a robar a una vivienda y al ver al niño les gustó y se lo llevaron (estando ahí, le juegas a hacerla del detective).
Justo en ese instante mi problema se hizo tan chiquito, que me daba pena pensar estar ahí por el robo de mis USB. Chale… me hizo recordar aquella vez que fui a la agencia de delitos sexuales para testificar contra un policía que se rió de un tipejo que nalgueó a una chica. Yo me quedé con ella hasta que llegó su pareja, le di mi número por si requería que testificara. Me llamaron y lo hice. Dejaron libre al tipo y al policía también, ¡uy, qué pinche novedad! Mientras estaba declarando había llegado una señora, según oímos era vendedora de dulces en el metro, y quería levantar un acta en contra de dos tipos, también vendedores, que violaron a su hija con retraso mental en los baños del metro Tacubaya. Al salir de mi declaración, vi a la chica (o más bien a la niña) y me dio tanto sentimiento ver su ropa arañada, su cabello desarreglado y su zapato roto lleno de semen que no pude verla a la cara porque ya se me salían las lágrimas. Al irnos de ahí sólo les dijimos: «buena suerte, que todo salga bien». A lo que su hermano respondió: «gracias, igualmente». Ese día todos mis problemas se tornaron minúsculos.
¿Cuánto valor se necesita para agradecerle a dos extrañas su empatía, en lugar de romper a patadas toda esa oficina después de lo vivido? En estas cavilaciones estaba mi mente, cuando entra al MP una pareja de borrachos (hombre y mujer) tambaleándose: «Suéltame. ¡No!, suéltame tú. Ya te dije que te calles, pinche loca. Ay sí, mira quién lo dice, el que anda haciendo el espectáculo. Pinche vieja fea, pareces wey (hombre). Es más ¡hazte para allá cabrón!» La mujer empieza a llorar «¿te parezco fea, no te gusta mi cutis?». Deja de berrear y le grita al hombre: «tú cállate pendejo, ahora resulta que yo estoy fea y tu pinche madre se parece a la Olga Breeskin. Ándale, ya vamos a dormir. ¡Abrázame!» Y abrazados se durmieron. Los policías ni se inmutaron con la escena. Poco después supimos que regularmente el par de borrachos se iba a pasar la noche al MP porque no tienen donde dormir, y como es un lugar público, pues, ahí le caen muchos personajes como esos.
El frío y el café hicieron de las suyas y quisimos ir al baño pero su inmundicia nos invitó a retirarnos pronto. Así que nos fuimos a un puesto de tacos cerca de la fiscalía. Total, «las penas con pan son buenas», dice el refrán, y ahí nos desahogamos más tranquilamente porque el sanitario estaba limpio. Me eché dos tacos con todo y media quesadilla (norteños absténganse de comentar sobre quesadillas estamos en lo de mi robo).
De regreso nos esperaba otra escena del caso del bebé robado. Unas treinta personas reunidas escuchaban y seguían las órdenes de un señor que los alentaba para buscar al niño. «Mañana empezaremos por la calle tal, y después pegamos carteles y avisos; si alguien sabe…», y ya no supe más porque me metí para preguntar si me habían llamado a declarar mientras estuve devorando mis taquitos.
Estaba dándole un sorbo a mi agua de jamaica cuando: «¡Gloria Ramírez, pase!». Amplié mi declaración, expliqué que necesitaba el acta no sólo por el robo de mi celular y mi cartera sino por los archivos que tenía mi USB. En México todo puede pasar y mis archivos podrían caer en las manos de quién sabe quién. La chica estudiante de Derecho que me redactaba el acta era muy atenta, al igual que un joven aprendiz que iba a sacar las fotocopias que ella le pedía. No había terminado de decirle a la chica-licenciada mi nombre completo cuando timbra el teléfono de su oficina. Una voz de hombre dice muy seria: «Licenciada ¿puede venir por favor?» y de fondo la música de «Feliz Cumpleaños»…, claro, hay que partir un pastel, pensé.
«Pues vaya al pastel», le dijimos en buena onda. «De todas formas ya son las 2 am, otra hora más qué importa?» Ella muy linda: «ay no puedo, es que sí quiero, pero es que me acaban de robar la hoja de un expediente de robo de auto, y ahora tendré que hacer un acta del MP para el MP». Y nosotras con cara de WTF! El surrealismo se queda cooooorto en comparación de esto.
Después de terminar con mi denuncia, nos mandaron a hacer una vuelta en el piso de arriba sólo para confirmar por cuarta vez mi declaración. Y yo con cara de: «sí, ajá…, más bien nos hicieron subir para así ganar tiempo e ir a chingarse (comerse) su pastel». Volvimos y nadie estaba en las oficinas. En las sillas anidaban la de cutis feo y el hijo de Olga Breeskin roncando durísimo, y dos parejas de señores esperando a ser atendidos.
Volvieron el par de chicos estudiantes de Derecho, que por cierto resultaron ser alumnos de nuestro abogado de cabecera, y por fin me entregaron copia de mi acta a las 2:30 am. Y ya en la calle, fuera del MP, me sentí más que confundida. Ya no podía dejar de pensar en el bebé, y también pensé, como siempre, en una pendejada cuando estoy con alguna cosa seria en la cabeza: quería saber de qué sabor era el pastel. Nos trepamos en un taxi, arrancó y de pronto sale «la de cutis feo» a fumarse un cigarro. Para entonces ya me importaban un pepino las USB. Lo único que atiné a decir antes de perderla de vista fue: ahhh qué pinche noche tan loca…
Y que todo conste en esta acta

 

*Gloria Ramírez (Ciudad de México, 1984) Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM (México), Maestra y Doctora en Teoría Literaria por la Universidad Autónoma Metropolitana. Sus investigaciones giran en torno a la minificción, a la vanguardia y a la narratología. Ha participado en diversos congresos sobre estos géneros y ha publicado artículos en México, España, Perú y EU. Dos de ellos contenidos en los estudios monográficos: Entre el ojo y la letra. El microrrelato hispanoamericano actual, (Eds.) Carlos E. Paldao y Laura Pollastri, New York, ANLE, 2014, y en V.A., Minificción y nanofilología: latitudes de la hiperbrevedad, Ana Ruedad (ed.), Iberoamericana-Vervuet, Madrid, 2016. Coordinó las antologías de minificción y microrrelato Las musas perpetúan lo efímero. Antología de microrrelatistas mexicanas (Micrópolis, Lima, 2017) y, junto a Fernando Sánchez Clelo, Resonancias (Ficción Express-BUAP, Puebla, 2018), de escritoras internacionales de minificción.

Revista Enheduanna

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