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El vuelo de una golondrina valiente

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Fotografía: Karina Álvarez

San Cristóbal de Las Casas, Chiapas,. Aquella mañana, Virginia dejó a sus cuatro hijxs en casa, tomó su preciada mercancía hecha con sus talentosas manos y subió al carro acompañada del hombre que se había ofrecido a llevarla a la cabecera de Chenalhó donde vendería sus textiles. De pronto, el carro se desvió del camino y Virginia empezó a sentir temor. Llegaron a un paraje solitario y ahí, Francisco, quien no sólo es vecino de su comunidad sino su primo, la empezó a cuestionar de por qué trabajaba con las golondrinas, por qué había conformado ese grupo y para qué salía realmente de su comunidad.

Desconcertada, Virginia contestaba lo que podía pero enfurecido por sus palabras, él intentó violar su cuerpo a lo que ella respondió defendiéndose. Al ver frustrada su intención, Francisco sacó un machete y con toda la furia empezó a machetearla en el cuerpo y la cabeza. Fueron nueve heridas mortales en total. Al verla inmóvil y creyéndola muerta, el agresor huyó, pero no contaba con la fortaleza de Virginia quien ensangretada se levantó a buscar ayuda.

Hoy, esta historia la cuenta ella misma, Virginia Arias Ruiz, fundadora de Las Golondrinas, un grupo de mujeres bordadoras y artesanas conformado por mujeres, en su mayoría madres solteras, que vieron como alternativa trabajar en grupo y salir a otros lugares a vender su mercancía. No sabían que este acto de mera sobrevivencia, despertaría no sólo la crítica y la condena de los hombres de la comunidad sino la barbarie y furia que estuvo a punto de detener el vuelo de la golondrina mayor.

Virginia cuenta esta historia con tal vehemencia que no dudas de ella. Sin embargo, asegura que sus palabras no han sido suficientemente creíbles y no han hecho eco ante las instancias en las que ha denunciado su experiencia. Asegura que ella sólo quiere una cosa: justicia. Justicia porque es lo único que le puede traer tranquilidad, porque segura está que no podrá recuperar la movilidad de su mano izquierda que casi le parte en dos el agresor.

Ahora ella teje y hace tortillas sólo con su mano derecha, porque la otra está sostenida con un fierro que lleva dentro y le quema cuando hace calor y lo siente como hielo cuando hace frío. Su cuerpo todo cambió a raíz de esa mañana y con él, cambiaron sus hábitos y costumbres, ahora no puede salir sola a ningún lado. Sin embargo, aquellas heridas mortales no han tocado siquiera el espíritu de esta ave que sigue surcando el cielo de la vida sin miedo.

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“No me da miedo hablar”

Virginia se mueve como el viento, camina con soltura, se sienta con tranquilidad y habla con mucha seguridad a pesar de que su castellano es limitado. Su orfandad de padre y madre le impidieron ir a la escuela. Pero su desconocimiento de las letras no le ha impedido que su imaginación y creatividad vuele y trascienda las situaciones difíciles. Resiliencia le llaman algunas personas.

Con ayuda de la joven Sol, es posible sostener la plática. Ella nos traduce lo que Virginia cuenta, y lo cuenta con fuerza y naturalidad; el miedo no se asoma en ningún momento de la narración, acaso tristeza y un dejo de coraje, pero miedo no.

La infancia transcurrió en la comunidad Chixilton perteneciente a Chenalhó, municipio de habla tseltal ubicado en la región Altos de Chiapas. La vivió junto con la abuela, mujer artesana y bordadora con quien se sentaba y observaba cómo se colocaba el telar y movía los hilos. Sus manos infantiles rápido tomaron el telar de cintura, también la aguja y con la práctica aprendió el oficio que hoy le da de comer a ella y sus cuatro hijos. Al paso del tiempo conoció al hombre con el que viviría parte de su vida y procreó a sus hijos e hijas. Estaba embarazada del cuarto cuando él se fue para no volver.

En su comunidad, asegura, “hay muchas mujeres que las dejan sus maridos, no era yo la primera”, pero la mayoría opta por trabajar en lo que se puede, principalmente en la agricultura, para no salir de su comunidad. Esa es la costumbre.

Sin embargo Virginia, visionaria, movió el cielo y la tierra para salir y ofrecer sus textiles: chalinas, blusas, bufandas, manteles hechos magistralmente por sus manos. Así fue como salió de Chixilton, buscó maneras de vender en la cabecera municipal de Chenalhó y en San Cristóbal y las salidas se volvieron constantes y prolongadas.

Pero ella, generosa, con ese espíritu comunitario y con la idea ancestral de que entre mujeres podemos más si unimos fuerzas, creó una organización, la primera en su comunidad, de mujeres artesanas a la que llamaron Las Golondrinas.

Toda esta movilización que implica dirigir a un grupo de mujeres artesanas, la capacidad de liderazgo de Virginia, despertó suspicacia, envidia, extrañeza y quién sabe qué más, entre la población masculina de esa comunidad. Movidos por la rareza de ver a un grupo de mujeres decididas a no dejarse vencer por el abandono de un esposo, decidieron cortarle las alas a la golondrina guía.

Y fue esa mañana, ese primo, Francisco Arias Pérez dedicado a choferear un taxi, quien usando su carro particular, se ofreció a llevarla a la cabecera a donde iría a vender a su mercancía. Virginia no sabía que ese viaje le cambiaría la vida, ni que esa mañana, ensangretada de pies a cabeza caminaría por la carretera hasta que encontró a alguien que la auxilió para llevarla al hospital de San Juan Chamula.

Desde ese 27 de octubre del 2013, su caminar ha sido más bien un peregrinar, de ministerio público en ministerio público, pasando por las instancias defensoras de derechos humanos, instancias de justicia para mujeres y más. Sin embargo, pareciera que a Virginia no le cansa tanto el hecho de caminar de un lado a otro, sino la respuesta de quienes la escuchan y no le creen y sobre todo, el encubrimiento abierto hacia su agresor.

Dos años después, Virginia sigue tejiendo, bordando, vendiendo y sosteniendo la organización que ahora está conformada por 6 mujeres solamente puesto que el resto eran familiares de su agresor. Ha hecho contactos con más personas, organizaciones civiles e instituciones como la Fundación León XIII y Casa Chiapas, que a su vez la conectan con ferias y eventos para vender sus productos.

Ahora Virginia no puede caminar sola, tiene que acompañarse de algún hijo o hija para ir de un lugar a otro, porque la movilidad de su cuerpo ya no es la misma. Con las dificultades que eso le trae, continúa liderando a las golondrinas de su comunidad a la par de buscar ayuda personal porque continúa yendo a consultas médicas a los hospitales de San Cristóbal y Tuxtla, para recibir terapias que le permita seguir volando.

“De tanto que he salido, puedo hablar con cualquier persona relatando mi historia, me pueden invitar a conferencias o a cualquier medio porque estoy diciendo la verdad, si estuviera diciendo mentira sí me daría miedo, pero como estoy diciendo la verdad, no me da miedo hablar y seguiré hablando”, afirma Virginia con la mirada fija al cielo.

*Va un agradecimiento especial a Sol Hernández por ser la intérprete y puente con Virginia y hacer posible la plática.

 

 

Revista Enheduanna

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One Response to El vuelo de una golondrina valiente

  1. Sra. Pilar Camarena 1 agosto, 2017 at 11:22 am #

    Cómo puedo contactar a estas artesanas, yo me dedico a vender ropa artesanal en Aguascalientes, con el propósito de ayudar a las artesanas principalmente y de fomentar el crecimiento de ellas en nuestro país. Podría darme sus datos? Muchas gracias.

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