Doña Juanita sempiterna

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Por: Valeria Valencia

Fotos: Osiris Aquino

Mientras las ancianas sabias estén desplazadas, las mujeres jóvenes estaremos perdidas: Laura Gutman

Conocerla fue un regalo de la vida. Cuando la vi por primera vez un moño rojo revoloteaba en su cabeza y por su cuello le escurría una hermosa cadena de oro que le protegía el pecho entero. Su frágil cuerpo se escudaba con una pañoleta y falda rojas que ostentosas, dejaban entrever apenas una camisa blanca zoque. Al paso del tiempo, con la amistad que ella enredó en mi corazón, encontré  que tras ese rostro sereno y tierno, símbolo gráfico de la tradición zoque tuxtleca, doña Juanita Montejo cargaba una vejez solitaria, sostenida con el talento que desplegaban sus manos en la cocina. Los tamales eran su especialidad.

El Mercado San Juan fue testigo. Por muchos años, a las 6 de la mañana una pequeña y espigada figura llegaba para llenar su morraleta de hojas de plátano, de milpa, chilito de Simojovel, pechugas de pollo, carne de puerco, chipilín, aceitunas, maíz blanco o amarillo, tomate, cebolla. Era doña Juanita quien se surtía de una preciada carga para empezar la faena del día que terminaría con unos pasitos bailadores en el Parque de la marimba.

Doña Juanita Montejo Sánchez vivió desde su niñez en el Barrio Nuevo. Todos sus vecinos la recuerdan porque su casa era famosa por celebrarse el día de La Candelaria como lo marca la costumbre zoque. Y claro, por los tamales que ella preparaba, así como el codiciado cochito horneado que cocinaba sólo por encargo.

Pese a los golpes que le asestó la vida, era de carácter alegre. Le gustaba bailar, por eso fue parte del grupo de adultos mayores del IDH  aunque su rostro se hizo famoso al integrarse a la Mayordomía zoque. Fotografiada por varios artistas de la lente, doña Juanita se convirtió en un símbolo de la cultura zoque. Lástima que el ayuntamiento no le retribuyó de ningún modo cuando lo necesitó, en sus duros días de enfermedad.

Su espíritu se reflejaba en su imagen: uñas de pies pintadas, sandalias sobrias pero coquetas, cabello recogido en un prendedor, aretes de oro, brillo en los labios. Mandil a la cintura, doña Juani practicaba a diario el “orar y trabajar” de San Benito.

Empieza el festín

Las escena se repetía cada mañana: al llegar a casa, doña Juani saca el arsenal culinario, lo acomoda en una mesa grande e iluminada por la luz que le llega de la calle. Durante la fiesta que celebra con sus manos la acompañan mudos, inmóviles, sus santos, observando el acompasado ritmo con el que las rajas de chile, el camarón seco, la hierba santa, el toro pinto toman el lugar que doña Juani les ofrece.

Así empieza el convivio. Los dedos largos, delgaditos de esta inolvidable mujer, platican con el chilito rojo de Simojovel, infaltable en los tamales de bola; juegan hasta deshebrarlas con las hojitas de chipilín. Se envuelven del perfume de la presumida hierba santa y la hace acompañar del frijol, el camarón y la pepita.

Al final deja a los preferidos de los clientes: el huevo duro, la carne de pollo, el plátano macho y las aceitunas. Los cubre con el mole para taparlos delicadamente con la hoja de plátano. Al camaroncito le prepara un mole tipo nigüijuti y lo acomoda en la masa de maíz amarillo.

Son tamales tradicionales, los típicos tuxtlecos, nos confirmó doña Juani cuando aquella mañana, como cada día, terminó de repartir a los invitados, ingredientes que nuestras abuelas tienen en sus recetarios mentales.

DOÑA JUANI 2

Doña Juanita, danzante de la Mayordomía Zoque. Foto: Osiris Aquino.

El plato fuerte

Con sus78 años encima, doña Juani aseguraba que su oficio se lo debía a la puritita necesidad. “Nadie me enseñó, sólo mirando cómo hacían los tamales”, comentaba.

El número final de la suculenta fiesta, lo enmarcaban las hojas de milpa o totomostle que colocaba al fondo de una vaporera haciendo un mullido asiento para recibir el vapor que cosería a fuego lento los variados ingredientes.

Un olor especial, que parecía más bien incienso para los santos, indicaba que el contenido de las grandes ollas estaba listo para ser saboreado. Lo apartaba entonces en una esquina y empezaba sus tareas domésticas o salía a cumplir con sus compromisos en la Mayordomía.

Cuando daban las 6 de la tarde se encaminaba con dos cubetas llenas de tamales al Parque de la Marimba donde su presencia y su exquisita carga daban la verdadera sazón a los pasos del danzón, mambo, salsa que tocaba la marimba en turno. Así terminaba doña Juani su fiesta personal.

In memoriam

Cuentan, su última voluntad fue que los integrantes de la Mayordomía zoque le “llevaran baile” durante su entierro. Advirtió a don Polo y a don Sergio que de no hacerlo “les jalaría la pata por la noche”.

Ella deseó que la música y los colores con los que la conocimos fueran parte de su despedida. El día de su entierro amaneció nublado y lloviendo. El pito y el tambor sonaron. Los pies de doña Juanita se movieron para iniciar la danza eterna.

A doña Juanita la recordaremos por sobre todos los sabores exquisitos que la rodearon, por la lucha diaria de sobrevivir a los recuerdos tristes, por su mano extendida ofreciendo un pozol, por la sonrisa generosa que regalaba a conocidos y desconocidos. Quienes tuvimos la oportunidad de tenerla cerca nos llevamos su sonrisa cálida, su coraje disfrazado de ternura, su eterno abrazo a la vida.

*Entrevista publicada en el libro “Manos que hacen identidad”, PACMYC.

 

 

 

Revista Enheduanna

 

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