Oye cu-cú… papá se fue

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Por: Mayra Guarneros

Ahora están de moda los daddy issues, o más bien, ya son socialmente arropadas las deficiencia humanas con las que nos vamos tambaleando por la vida a causa de la ausencia del padre. En la actualidad hay montones de proyectos artísticos basados en la no presencia, la ciencia hace muchos estudios al respecto y Alejandro Jodorowsky tiene variedad en actos psicomágicos para sanar esa parte de la vida.

Es políticamente correcto sacar a pasear nuestras vidas rengas y nadie nos puede juzgar por eso ¡faltaba más!.

Pero eso desde hace unos poquitos años… a mi me tocó crecer en una época en la que mamá y papá eran el único modelo de familia aceptable y los hijos de padres separados éramos tratados con hostilidad. Por suerte, las cosas se han ido flexibilizando y ya no es cuestionable que las familias sean diversas; sólo mamá e hijos, o dos mamás con hijos, o dos papás con hijos adoptivos, o mamá y papá con hijos de matrimonios anteriores… o las combinaciones que se les ocurran.

Mi historia ocurrió así:

“¿Quienes son tus papás?” me preguntaron al llegar a la escuela. Yo lo viví después del periodo esponjoso del kínder, en el que todo fueron risas y juegos en los que importaba más que aprendiera a no comerme el pegamento, que los roles de los adultos que me dijeron que eran mis papás.

Llegué a la primaria y me obligaron a escribir el nombre de mi padre en una actividad dentro del tema de “La familia”. Sí, claro que lo conocía y lo había visto y algunas veces había convivido con él, pero me era tan ajeno que poner su nombre me parecía hasta invasivo, ¿qué tal que mi papá no quería ser mi papá y yo ya lo estaba comprometiendo y dándole molestias desde mi cuaderno de 1ero “B”? no pues, qué pena.

“¿Y tu papá por qué nunca viene por ti?” preguntó el compañero Memito el curioso, porque Don Guillermo salía de trabajar e iba por Memito a la primaria un día sí y otro también.

¿Sabes qué Memito de 1ero “B”? hasta el día de hoy no tengo esa respuesta. Me gusta creer que estaba en otras actividades o que quizá mi madre nunca se lo pidió, porque a veces así son de distraídos los padres.

Y así, crecí y crecí sin saber que todas esas deficiencias en el trato con los hombres y todos esos tumbos que iba dando a diario se podían perfectamente justificar con la ausencia de uno de los pilares más importantes de mi vida, o si no de los más importantes, sí de los primeros: mi papá.

¡Asunto arreglado, chica! no te hagas cargo de tu propio desarrollo humano y social, échale la culpa a ese señor, con suerte hasta consigues algunas palmadas en la espalda y miradas de falsa empatía. Y con aún más suerte, un fulano con complejo de superhéroe que quiera venir a salvarte casándose contigo. Try it.

Pasaron unos años, ya había aprendido a decir que mi papá no estaba, que aquí no vivía, hasta que una obtusa asistente administrativa de preparatoria me obligó a escribir en una carta (de un permiso para algo que ya ni recuerdo) que mi papá  estaba de viaje y que por eso no iba a poder firmar, mentira justificable porque “En esta preparatoria somos muy católicos y pro familia, por lo cual juzgamos INACEPTABLE que los permisos no vayan firmados por ambos padres, aunque tú puberta confundida tengas que mentir. No, las mentiras no las juzgamos siempre y cuando sean pro apariencias” Mal.

Entonces, preparatoria elitista, ¿si mi papá no forma parte de mi vida soy un ser incompleto y no puedo formar parte de los alumnos bien vistos? Qué mal que la Conapred no estaba de moda en el 2004, porque sino en qué pro-ble-mo-ta me habría encargado de meter a reconocidísimo y mamonsísimo colegio poblano. De haber sabido…

Leer texto completo en Lado B

Revista Enheduanna

 

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