Diálogos entre cortinas

Comparte:

Regalo para la abuela

Por: Areli Caballero

–Mamá, si la abuela no llamó, ¿significa que ya me ha olvidado? –susurró Valentina con astillantes lágrimas a las cuatro paredes que le acompañan en su madrugada. Las mejillas se le tapizaron de indelebles desdichas, sus ojos se volvieron grisáceos ante el desconsuelo, y el corazón parecía no tener cabida en su pecho.

La fecha que marca el calendario la desconsuela con brutalidad, hace tiempo que los anuales y nada esperados 27 de marzo le saben a luto con destellos de amargura, hace tiempo que la fecha impar de su onomástico le deja un sabor a mortandad en la boca, a tal grado que pareciese estar padeciendo de lepra emocional.

27 de marzo

Por la mañana suena la alarma, misma que le indica debe levantarse y realizar cada una de sus labores diarias; asear la casa, acomodar un poco su cuarto, hacer su rutina de ejercicio, desayunar y por supuesto prepararse para el día que le espera, como de costumbre…

Valentina, poco a poco entreabre los ojos para ajustarse a la claridad del día, al parecer será soleado y ameritará dibujarse una llamativa sonrisa sobre los labios que le permita salir en combinación con el astro rey Señor Sol, sin embargo, al ponerse frente al espejo cae en cuenta que por más esfuerzos que realice, su semblante será agónico, insípido y desalentador, así como cuando los vivos están a punto de cruzar al infierno.

Debido a ello, sus planes se atiburran en la cama bajo sábanas rayadas que la adornan, mismas que pareciesen ser barrotes de alguna tortuosa cárcel proveniente de África, en la cual, la depresión, el desgane y el cúmulo de rencor la despojarían de toda estabilidad y libertad absoluta.

Para su desgracia, una tras otra fueron llegando las felicitaciones, su aparato móvil vibraba cada 5 o 10 minutos con una nueva letanía acompañada de algún verso de “Las Mañanitas”, por parte de algún familiar, amigo o conocido. Todos estos actos protocolarios de “felicidades – muchas gracias”, causaban en Valentina un enorme aborrecimiento, sin embargo, como dictan las leyes sociales, respondió de buena manera a cada mensaje de texto y llamada entrante.

Ya en la calle y de comida con los amigos, las horas transcurrían lo suficientemente lentas como para querer meter la cabeza en la tierra tal cual lo haría un avestruz y librarse de todas estas formalidades que la moral de su vida social le dictaba, mas era absolutamente imposible

Durante 19 horas Valentina fue, vino, hizo y deshizo, en compañía y sin ella, paso a paso su espalda se fue encorvando ante cada “feliz cumpleaños”, “que cumplas muchos más”, “hay que celebrar”, que sus oídos escuchaban y sus labios respondían, dibujándose así, una semimueca fingida con sabor agrio, el mismo agrio que el olor de la muerte deja tras la ausencia de su víctima en turno.

Al dictar Cronos las 3 am, Valentina se dejó caer en la cama de un hostal de alguna ciudad lejana a casa, cama en la cual las tristezas, los llantos ahogados y reclamos reprimidos rebotaban en cada uno de los ya mal acomodados resortes del viejo colchón en el cual le tocaba pasar el sueño, sueño que se negaba en hacer acto de presencia debido a la desilusión de no atender la llamada que tanto ansiaba.

Al día siguiente, se levantó, viajó de vuelta a casa y lo primero que hizo al poner un pie en ella fue recopilar todos sus ahorros de las distintas alcancías que poseía, se dirigió al establecimiento más cercano de teléfonos celulares y compró el primer móvil que apreció ante sus ojos.

–Quiero ese, me lo envuelve para regalo, por favor –indicó a la persona que atendía, pagó, salió de la tienda y con una enorme esperanza clavada en los pómulos tomó camino para ver a la abuela. Al llegar, se sentó a su lado, callada, sin preguntas ni reclamos, observó cómo el viento movía las hojas del árbol que les brindaba sombra a ambas, sonrió y dijo con tranquilidad:

–Sé que por algún motivo ajeno a tu querer no pudiste hablar ayer para felicitarme, sé que alguna complicación habrás tenido, pero no preguntaré cuáles fueron ni nada, no he venido a reclamarte, solo te he traído un pequeño obsequio, espero sea de tu agrado abuela, te amo –

Valentina se levantó y sobre el lado izquierdo de la lápida que atesora los huesos de su abuela, colocó el regalo que minutos atrás había comprado, y en su compañía una pequeña nota.

“Ayer, solo esperaba tu llamada, no demores en comunicarte. Con cariño, Valentina”.

 

 

Revista Enheduanna

 

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: