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Somos personas, no nos discriminen: mujeres desde la cárcel

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Somos personas, no nos discriminen: mujeres desde la cárcel

 

COMUNICADO DE PRENSA

Buenas tardes…

Hemos convocado a la sociedad en general, a los medios de comunicación y a todas las personas que estén interesadas en escuchar nuestra voz que rompiendo el silencio nos da libertad. Agradecemos su presencia y agradecemos al Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica y a la colectiva CEREZA, que somos todas, por facilitarnos los espacios para llevar a cabo este reencuentro de mujeres que han vivido en situación de cárcel.

Venimos a presentar las conclusiones de dos días de trabajo interno intenso en torno a tres temas que elegimos en asamblea y que reflejan nuestras preocupaciones, necesidades y propuestas en relación con la experiencia de la cárcel y el retorno a la sociedad una vez que se ha salido. Estos tres temas intentan abarcar múltiples realidades que estamos viviendo y que se refieren a las pérdidas generadas por el encierro, la discriminación por estigma que se refleja en  varios campos de la vida como lo laboral, lo social, lo familiar y la salud; finalmente, la situación jurídica que experimentamos durante un procedimiento penal plagado de irregularidades en todos los casos y que actualmente pervive caracterizándose por la privación de documentos esenciales para tener acceso a un trabajo, a la atención médica y, en general, al ejercicio de derechos.

Queremos hablarle a las autoridades y a la sociedad en general de las pérdidas que nosotras experimentamos por haber vivido en el encierro. Queremos preguntarles qué harían ustedes si un hijo o hija suyos les dijeran: “No quiero nada contigo, olvídate de mí” o “Ya no te amo, ¿dónde estabas cuándo te necesité?”. Cuando una entra a prisión pierde a la familia y el dolor que eso provoca a nuestros hijos y a nosotras nos rompe el corazón. Las autoridades deben darse cuenta que no es contra nosotras contra quienes arremete cuando nos encarcela sino contra nuestros hijos. Algunas de nosotras sentimos que es imposible recuperar a nuestros hijos una vez que salimos de prisión, no se pueden imaginar el daño que nos causan. El dolor y el resentimiento brotan en el corazón de nuestros hijos por el abandono al estar sus madres en prisión, ¿cómo va a erradicar la delincuencia el Estado si siembra en nuestro hijos odio y dolor? Con la detención, la mayoría de las veces, nuestros hijos quedan en situación de peligro, de vulnerabilidad y pobreza.

Muchas de nosotras, antes de ser detenidas trabajamos con mucho esfuerzo para hacernos de un patrimonio modesto. Con el encierro perdimos todo porque al ser nuestro pequeño patrimonio resultado de nuestro trabajo se pierde, porque a veces también algunas personas se aprovechan y dilapidan nuestros bienes. Perdimos también el derecho a educar a nuestros hijos, a inculcarles los valores que creamos convenientes, a elegir sus escuelas, a formarlos, a recibir sus caricias. Perdimos nuestra tranquilidad y en su lugar se instauró el miedo, ese miedo que nos impide reclamar nuestras cosas hasta el día de hoy. Un miedo de salir a la calle, de preguntar al juzgado acerca de la secuela de nuestro procedimiento, miedo de ir a trabajar a la milpa porque sentimos que en cualquier momento nos vuelven a agarrar y nos vuelven a encerrar como ya ha sucedido. Perdimos la autoconfianza, ahora estamos a la defensiva y, en algunos casos, nos quitaron la ilusión de ayudar a otras personas por el miedo a ser criminalizadas.

Sales de la cárcel siendo otra y la sociedad se encarga de hacértelo saber. Sales marcada de la prisión, cargamos el estigma en todos los espacios sociales, en la familia, en la calle, en los espacios laborales si es que se consiguen. La gente se dice entre sí “ten cuidado, esa acaba de salir de la cárcel”, de delincuentes, expresidiarias, pinches procesadas, malandras, envenenadoras de la sociedad no nos bajan. En el caso de las que somos centroamericanas, migrantes, los insultos suben de tono y nos etiquetan de “roba maridos” y “putas”, como si eso nos definiera y no el hecho de ser seres humanos.

Las compañeras indígenas viven una realidad distinta en la cárcel. No hablar el idioma español no sólo es una obstáculo para comprender lo que es un proceso penal, te impide comer, dormir si no te haces entender, te expone a los abusos de los celadores y hasta de otras compañeras que te hacen sentir que no sirves, que eres una cochina, que eres mala por el simple hecho de estar ahí aunque no hayas cometido delito alguno. No existen celadores que hablen en idioma nativo o no quieren hacerlo porque son indiferentes ante la discriminación de las compañeras indígenas, inclusive, desalientan la organización y defensa que las otras compañeras inician a favor de las indígenas y dicen que dejen que ellas solucionen sus problemas, sin intervenir aunque haya abusos.

Muchas veces la propia familia, por el dolor que también ha experimentado, también nos rechaza. En cada oportunidad nos recuerda el hecho de haber estado en prisión profundizando las consecuencias de un sistema que para erradicar el mal social encierra, aísla y maltrata.

Todas hemos coincidido en estos días de trabajo en la impotencia generada por procesos penales plagados de irregularidades desde su comienzo. Varias hemos sido víctimas de la fabricación de delitos, de la utilización de los juzgados por parte de los particulares para realizar venganzas personales y de la complicidad de las mismas autoridades que ponen al servicio de esos intereses egoístas y mezquinos la administración de la justica. Hemos vivido una y otra vez la indiferencia de las autoridades ante la desesperación de un sistema de justicia que prorroga hasta la nausea los tiempos legales por razones absurdas que se tornan inhumanas: porque el juez no está, porque el actuario no notificó, porque tienen mucho trabajo. Una audiencia diferida representa para nosotras un mes más en la cárcel, en un procedimiento penal las audiencias se difieren una y otra vez. Existe un rumor en la cárcel consistente en que “hay un juez” y es verdad porque nunca, durante todo nuestro proceso penal, vimos al juez que nos sentenció. Quedamos en prisión preventiva durante años, es decir, años sin que se nos dicte una sentencia y cuando se dicta y es absolutoria no existe ni una disculpa. Las leyes y las autoridades permiten que se “repongan los procedimientos”, es decir, que cuando una lleva dos años en la cárcel la autoridad puede decir que todo queda sin efecto y se empieza de cero y una encerrada. Todas coincidimos en que la vivencia de la detención es traumática, nos torturaron, a nosotras y a nuestras familias, nos engañaron al momento de detenernos diciéndonos que íbamos a una “declaración” y luego volveríamos a casa, sin permitirnos comunicación con nuestras familias, incomunicadas durante horas antes de poder hablar con la familia. Las detenciones son secuestros. Fuimos sometidas a amenazas, golpes y abuso sexual en muchas ocasiones, antes de ser puestas a disposición del juez. Cuando llegamos ante el juez, las que hablamos español no entendemos lo que está pasando, las que no hablan español menos.

Estar dentro de la cárcel también implica quedar vulnerables ante el abuso de poder de los celadores. Empiezan metiéndote miedo, diciéndote que adentro te pasaran cosas horribles. Que haya castigos  o no dependen del director en turno y de la celadora, existe la explotación laboral por parte de algunas celadoras,  algunas veces nos hacen trabajar hasta horas de la madrugada para darnos una cantidad ínfima por nuestro trabajo y ellas sacar una gran ganancia. Las que con mucho esfuerzo trabajamos en la elaboración de alimentos o en lavar ropa nos vemos obligadas a fiarles y algunas no  nos pagan, si decimos algo nos reportan y nos castigan,  generalmente consiste en  privarnos de una de las cosas más valiosas que puede tener una mujer en situación de cárcel: la visita. La visita es la única oportunidad que tenemos de vincularnos emocionalmente con nuestros familiares y de recibir apoyo económico en despensa o dinero porque vivir en la cárcel cuesta, todo cuesta, la plancha, el papel de baño, el jabón, los medicamentos. La negación de la atención médica dentro de un centro penitenciario ha llegado a ponernos en peligro de muerte a algunas de nosotras. Se ha favorecido la relación sexual entre el área varonil y la femenil  sin justificación.

Salimos de la cárcel y varias no tenemos documentos de identidad porque nos privan de nuestros derechos civiles y políticos. No tener una identificación significa no tener acceso a un trabajo, a la atención médica y a cualquier derecho que implique el ejercicio de la personalidad. A algunas nos han dicho que no existimos, que no estamos en el sistema, por lo tanto, no podemos llenar una forma de solicitud de empleo ni podemos acceder al tratamiento médico indispensable que tiene a alguna de nosotras “muriéndose en vida”.

Pero queremos decirles que aunque somos compañeras del mismo dolor, al mismo tiempo, somos agentes de transformación. Hoy estamos conscientes de que con el tiempo y el trato amoroso recuperaremos a nuestra familia y que entendiendo las razones por las que la familia se comporta con nosotras negativamente trabajaremos con ellos para superarlo, pero esto lo hemos hecho entre nosotras, sin intervención del Estado que es el principal responsable de que la pena trascienda a nuestra familia cuando eso está prohibido por la Constitución. Si estamos hoy aquí, si superamos la experiencia del encierro y volvemos muchas veces a visitar a nuestras compañeras que están adentro es porque en la prisión construimos relaciones de solidaridad y apoyo mutuo. Contrario a lo dicho por las celadoras, cuando una compañera entra a prisión nosotras le brindábamos una taza de café, consuelo durante los primeros quince días de llanto, les mostrábamos el funcionamiento de la cárcel, nos dimos soporte emocional, nos organizamos para defender a las compañeras indígenas, en fin, construimos familia y es por eso que volvemos. Nosotras hemos hecho lo que las autoridades no hacen porque no les interesa y es así como construimos conciencia y nos organizamos.

Para concluir, tenemos una serie de propuestas que hemos elaborado entre todas tras haber reflexionado acerca de la experiencia carcelaria, dichas propuestas son:

-Ser escuchadas. Visibilizar ante medios de comunicación, la sociedad en general y las autoridades nuestras reflexiones.

-Exigir a las autoridades el respeto de nuestros derechos humanos tanto en el procedimiento penal como en la situación de cárcel.

-Organizarnos para acompañar a las mujeres en situación de cárcel que se encuentren abandonadas por las autoridades y la sociedad, por ejemplo, visitándolas y llevándoles las cosas que sabemos necesitan y que el Estado por omisión no les proporciona.

-Sensibilizar a la sociedad para que no nos discriminen porque somos personas, que nos den la oportunidad de volver a integrarnos a la sociedad.

-Comunicarnos entre nosotras, compartir las experiencias, generar encuentros como el presente.

Atentamente: Colectivo Cereza

Revista Enheduanna

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