Foto: Sandra de los Santos/ Revista Enheduanna.

Sin apoyo gubernamental personas damnificadas de Cintalapa y Jiquipilas

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Con todo nuestro agradecimiento para las personas que donaron en el centro acopio de Revista Enheduanna

Foto: Sandra de los Santos/ Revista Enheduanna.

La comunidad Cuauhtémoc en el municipio de Jiquipilas queda a una hora y media de la cabecera municipal, la mayor parte del camino es de terracería. En ese lugar, donde se vive de la siembra del cacahuate y maíz, hay alrededor de 300 familias afectadas con el sismo de 8.2 registrado el pasado jueves 07 de Septiembre.

Las familias damnificadas, que llevan ocho días durmiendo en la intemperie porque sus casas se derrumbaron por completo o presentan cuarteaduras graves, no han recibido ninguna clase de apoyo por parte de las autoridades.

Los únicos que han llegado a la comunidad a dejar despensas y ropa son grupos ciudadanos, que lo hacen por sus propios medios.

No hay vivienda en Cuauhtémoc que no esté marcada en alguna parte con la letra “A”, lo que significa que tuvo algún tipo de afectación, fue lo único que llegaron hacer el personal de protección civil a unos días de haber ocurrido el sismo.

En la comunidad de Lázaro Cárdenas municipio de Cintalapa la situación también es difícil. Cientos de familias quedaron afectadas con el sismo y tampoco han recibido ayuda.

El silencio de Cuahtémoc

Foto: Sandra de los Santos/ Revista Enheduanna.

La comunidad está silenciosa. Pocas personas andan en las calles, la mayoría se concentra en sus propios patios, los cuales se han convertido, desde el día del sismo, en sus viviendas, ahí han acondicionado con bolsas de plástico, pedazos de lona y tela, lugares para pasar la noche. Los dos primero días después del sismo un centenar de personas durmieron bajo el domo de la cancha principal de la comunidad, después –dicen ellos mismos- “agarramos valor para regresar a nuestra casa”.

En toda la comunidad no se observa un solo elemento de protección civil, militares o autoridad alguna. Las únicas personas que han venido a dejar ayuda a la comunidad son grupos ciudadanos de Tapachula, San Cristóbal de las Casas y Tuxtla Gutiérrez, que se organizan por su cuenta para ir a apoyar a las personas damnificadas.

Desde la entrada de la comunidad se empiezan a ver las casas afectadas, pero los mismo pobladores dicen que a ellos les fue mal, pero que hay personas que les fue peor, y mandan la ayuda para allá. “Vayan al barrio de Tuxtla Chico, ahí la gente está más jodida porque a todos se les cayó su casa”.

Lo cual es cierto, en el barrio Tuxtla Chico son pocas las casas que están de píe. La mayoría se cayeron.

Las familias de la comunidad están durmiendo en improvisados campamentos. Foto: Sandra de los Santos/ Revista Enheduanna.

¿Y ahora, qué vamos hacer?

No hay un censo de cuántas mujeres de la tercera edad viven solas en la comunidad de Cuahtémoc, pero a primera vista llama la atención que en cada cuadra se encuentra por lo menos una.

Todas ellas vivían solas, antes del sismo, en casas de adobe que se construyeron cuando ellas eran niñas o jóvenes, en donde criaron a sus hijos hasta que  los vieron partir o morir. Ahora, se han tenido que ir a refugiar a la casa de algún familiar o vecino. Su vulnerabilidad es doble, antes ya vivían en condiciones de pobreza, y con el sismo todo se agudizó.

Susana Salazar tiene 88 años de edad y perdió su casa. Foto: Sandra de los Santos/ Revista Enheduanna.

Susana Salazar tiene 88 años de edad. Es diabética y ha perdido casi por completo la vista, se ayuda con un bastón para caminar,  y de milagro su hijo, que vive a lado de lo que era su casa, logró sacarla el día del sismo antes de que su vivienda se derrumbara. Ahora está junto a él  y su familia durmiendo en el patio. Le molesta el ruido de sus bisnietos bebés llorando, y de los más grandes jugando; el ir y venir de los niños que tratan que la improvisada casa de campaña hecha de plástico y tela no se desarme.

Una joven se ofreció a llevar a las personas que donaban despensas hasta la casa de doña Eloisa, una anciana que ya ni siquiera recuerda su edad. Su vivienda no se cayó por completo, pero quedó inhabitable, ella sigue ahí, duerme en un pedazo del corredor. Sus pocas pertenencias las perdió. Lo único que alcanza a repetir de manera constante es ¿y ahora, qué vamos hacer?

Evelia Camacho tiene 68 años de edad,  vive en una de las últimas casas de la comunidad. Dice que el día del sismo sentía que se moría ahí mismo. Su hijo alcanzó a sacarla y no solo eso, cortó unas ramas de albahaca  para curarle de una vez el “espanto”, pero no se le quita, tiene miedo de quedarse sola. Aunque dice que sigue muy asustada,  va y viene de un lugar a otro, su pozo de agua se colapsó y ahora tiene que ir hasta el río que le queda a unos 400 metros.

El albergue familiar

En este hogar viven, ahora, cuatro familias. De la cocina sólo quedó el horno. Foto: Sandra de los Santos/ Revista Enheduanna.

En el patio de una casa se observan a varias familias, que están alrededor de una mesa con pan y un horno. Reciben las despensas y la ropa que les lleva un grupo de mujeres de Tuxtla Gutiérrez, pero también las invita a sentarse con ellos, a compartir el pan que está saliendo del horno, su generosidad llega al grado de no dejarlas ir sin que cada una lleve una bolsa con panes.

El horno, de donde sale el pan, es lo único que quedó de pie de la cocina de la casa. Todo lo demás se derrumbó. “Qué bueno que al menos quedó el horno para poder hacer el pan y ganar algo”, mencionan.

La familia Rios es numerosa. Antes del 07 de Septiembre, cada uno de los hijos de la familia que viven en la comunidad –cuatro- tenían su casa, pero el sismo los dejó, literalmente, en la calle. “Aquí lo convertimos en albergue familiar” dice uno de los integrantes de la familia bromeando un poco con la tragedia.

Una veintena de personas duerme en el corredor, uno pegado al otro, pendiente de la siguiente réplica, un sismo tras de otro, no los deja dormir. “Hoy ya no se ha sentido ni un temblor, pero donde sea se siente una gran tristeza” comenta la mujer que hace el pan y los que están alrededor del horno asienten, el ambiente en toda la comunidad es de una enorme tristeza.

La historia de la familia Rios se repite en cada cuadra, las familias están hacinadas en las pocas casas que no se derrumbaron o durmiendo en sus propios patios.

La felicidad de darle de comer a “Mariposa”

Gracias al donativo que se hizo de alimento para perros en el centro de acopio de Revista Enheduanna se llevó alimento a los perros de la comunidad Cuahtémoc.

Además de pobladores y casas derrumbadas en Cuahtémoc lo que más hay son perros, salen de donde quieran. La pobreza en la que viven sus dueños también se refleja en ellos, la mayoría, están en los vil huesos.

Cuando los niños y niñas de la comunidad veían que, además de despensas y ropa, en la ayuda ciudadana también venía alimento para perros era toda felicidad.

Bella, una niña de unos 7 años corrió junto con sus primos y hermanos a destapar una de las bolsas para darle de comer a “Mariposa” una de sus perras, pero al final el festín fue para todos los perros que se amontonaron al ver el alimento. No encontraron un traste dónde darles así que se conformaron con ponérselos en el piso. La felicidad de los niños y las niñas por alimentar a sus animales rompió un poco con el silencio y la tristeza de la comunidad.

Los partidos políticos no se aparecen

Foto: Sandra de los Santos/ Revista Enheduanna.

A Celín Espinosa su casa se le derrumbó. Ahora vive en el patio con su esposa y su hijo. Los tres, dice sin que le pregunten, votaron por el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) en las dos últimas elecciones, pero ahora “ni a pararse han venido” dice don Celín, quien trae puesta una playera con el nombre del alcalde de Tuxtla, Fernando Castellanos.

A Cuahtémoc, donde hay algunas bardas pintadas con los nombres de candidatos del proceso electoral pasado,  no ha llegado ningún político. “Hay van a venir cuando quieran el voto porque así son esos”.

El sismo también le enseñó a la población de Cuahtémoc que se tienen unos a los otros. Lo primero que hicieron los habitantes de la comunidad después de ver cómo estaba su familia y sus viviendas es ir a ver a sus vecinos, ver si alguna persona había quedado atrapada para  auxiliarla.

Saben que solos está difícil que vuelvan a hacer su patrimonio, a tener un techo donde resguardarse de la lluvia, que había estado siendo benevolente, hasta este jueves que se soltó un “aguacerazo”.

Las personas están viviendo en casas improvisadas hechas de plástico y pedazos de tela. Foto: Sandra de los Santos/ Revista Enheduanna.

La gente de Cintalapa  y Jiquipilas, en general, es amable, se muestran conmovidos con las personas que llegan a ofrecer su ayuda solidaria a cambio de nada, son agradecidos y les ofrecen de vuelta lo poco que tienen: una bolsa de pan, un vaso de tepache o una silla para sentarse.

La ayuda en este lugar sigue siendo urgente. No solo de parte de la ciudadanía, sino de quienes no se han llegado a parar a la comunidad: las autoridades de gobierno. En algo coinciden los habitantes de este poblado y parecen decirlo en serio: “Los que no vienen ahorita, que ni vengan el próximo año a pedir nuestro voto porque con las tejas que se cayeron de las casas los vamos a sacar”.

 

 

 

Revista Enheduanna

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