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¡Chiapas, no me falles corazón, resiste!

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Chiapas, no es solo la última frontera en el sur entre México y Centroamérica, el estado que decidió unirse a la República Mexicana, ese sitio donde viven alrededor de 5 millones de personas, uno de los estados con menor índice de desarrollo humano. Chiapas, es también, el lugar donde más llueve y más se presentan sismos en todo el país. De los 15 mil 400 sismos que se registraron el año pasado, la mayoría fueron en esta parte del territorio.

No hay persona que viva en el estado de Chiapas, -hoy más que antes- que no haya vivido un sismo o alguna inundación, visto una de esas lluvias que pareciera que se va a caer el cielo, o sentir que el suelo, en algún momento, se puede abrir.

De cómo me di cuenta, dónde vivía

Cuando estaba en la secundaria me tocó ser consciente de las particularidades que tenía el estado. En la misma semana que el profesor de geografía nos explicaba sobre la falla de San Andrés y el movimiento de las placas tectónicas, esa misma semana nos agarró un fuerte sismo, no fue en la escuela –afortunadamente-, pero al otro día el maestro aprovechó el hecho para captar toda nuestra atención en el tema. Llegué a pensar que el sismo no fue casualidad y que el profesor se tomaba “muuuuy” en serio los ejemplos didácticos.

Fue también en esa etapa de mi vida que me tocó vivir mi primera inundación. Siempre me ha gustado la lluvia, pero llegué a pedir que dejara de llover, dimensioné lo que significaba que las personas no pudieran estar en su casa, tener que irse a un albergue, perder su patrimonio, estar con la zozobra todo el tiempo.

Mi escuela, que estaba cerca del río Sabinal, se inundó. Fuimos los propios alumnos y alumnas con el personal docente y administrativo que le dimos su primera limpiada a la secundaria, después llegaron elementos del ejército, que terminaron con la labor.

De esa inundación saqué mis primeros libros. La biblioteca escolar se perdió por completo. La bibliotecaria –con quien me llevaba bien- me dijo: “ayúdame a limpiar y los libros que puedas rescatar son tuyos”. Un poco enlodados logré sacar: Cien años de Soledad y los funerales de mamá grande de Gabriel García Márquez; un libro de técnicas de lectura y una edición escolar bellísima del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha –esa edición se la presté a alguien, no recuerdo a quién, pero sí lo lee y le está dando buen uso y replicando, sin problema, pero, si no –porfitas- regrésenme el libro-.

El desastre del Stan

No he visto peor desastre en mi vida que el que dejó el huracán Stan en la costa y sierra de Chiapas. Conozco la costa desde pequeña y cuando me tocó cubrir los daños ocasionados por el huracán sentí cómo el corazón se me “apachurraba”: personas desaparecidas y muertas, colonias debajo del agua, viviendas destrozadas. Recuerdo mucho eso, pero también recuerdo a unas señoras alegremente riendo y bromeando; a unos niños que se divertían entrando a lo que habían sido sus casas nadando, festejando cuando rescataban algún objeto del agua por muy poco valioso que fuera. Me di cuenta que aún en medio de la más grande desolación y tragedia también hay personas que ríen, se resisten a dejarse caer, saben que han venido a la vida a “rifársela” con todo, y esa es su actitud ante cualquier adversidad, así se trate del gran huracán Stan.

“El bello paisaje de la desgracia”

Cuando se desgajó el cerro que ocasionó que desapareciera el poblado San Juan del Grijalva municipio de Ostuacán en el 2007, fueron varios municipios también los afectados.

Las y los reporteros que nos tocó cubrir el hecho en alguno de los municipios afectados íbamos y veníamos de la zona. En una de esas salidas en lancha, porque todo había quedado bajo el agua en algunas partes, me toco ver un paisaje hermoso, era un inmenso lago de agua quieta y un sol en el ocaso, mi compañero fotógrafo pensó lo mismo: “es una bella postal”, que lástima que era producto de una desgracia y que debajo de ese gran lago de agua mansa habían quedado casas, ganado, escuelas, el patrimonio de varias familias que pasaron meses en albergues.

La vida en los albergues

En los albergues se pueden ver  grandes muestras de solidaridad de la humanidad, pero también de “bajeza”, las personas se desesperan, la falta de oficio y no por ociosidad vuelve a la mayoría irritables.

En estos sitios, la mayoría de las veces mal habilitados y operados, las personas se comparten el pan, pero también se lo arrebatan y se lo pelean con el otro; se abrazan, pero también se gritan por lo más mínimo; lloran y ríen juntos.

Las mujeres y los niños son quienes más padecen en los albergues –eso me ha tocado ver-, son los que quedan en esos espacios más tiempo porque los hombres se les da empleos temporales; son las que tienen que hacer las grandes colas por la comida; las que están más vulnerables a un abuso sexual en un espacio en donde se pierde la intimidad.

La resiliciencia de las ciudades a los desastres naturales

¿Por qué les cuento todo esto? ¿Por qué se los cuento, además, después de que ayer vivimos un sismo de 8.4, el más fuerte de las últimas décadas?

Una es para dimensionar en qué lugar vivimos, la situación geográfica de Chiapas, alcanzar a ver que estamos en un sitio que de manera constante se está enfrentando a diferentes fenómenos naturales y que debemos de trabajar en ser resilientes a ellos.

 

 

La resiliencia es la capacidad que tienen las personas de salir delante de un problema, pero además salir fortalecidas. Las ciudades también son resilientes.

Para lograr la resiliencia de un lugar se necesita la colaboración de toda la sociedad: ciudadanía, gobierno, medios de comunicación.

Es necesario que los poderes de gobierno implementen políticas públicas efectivas para lograr un entorno favorable, que aplique medidas de reducción de riesgos para la población y su patrimonio.

Los recursos públicos destinados para las emergencias deben de ser utilizados de manera efectiva y transparente, la malversación de fondos en este tema debe de ser castigado con todo rigor y condenado por la sociedad. Debemos, como ciudadanía, ser vigilantes del buen uso del Fondo Nacional de Desastres (FONDEN).

A los medios de comunicación nos toca informar con oportunidad, ser asertivos con nuestros mensajes, priorizar el bien común antes que el rating o los “like” en las redes sociales.

Debemos de ser personas empáticas con quienes fueron más desafortunados con la desgracia, ayudar en lo posible; no difundir rumores, ni generar pánico, tener un plan de emergencia familiar permanente e informarnos de los fenómenos naturales y la forma correcta de proceder ante ellos.

Si como sociedad permanecemos juntos y priorizamos el bien común pronto lograremos salir adelante. ¡Chiapas, no me falles corazón, resiste!

Revista Enheduanna

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